Verdaderos milagros

“Al ver esto, el mar huyó; el Jordán se volvió atrás”. (Salmo 114:3, NVI)

El Salmo 114 es parte de un grupo de seis salmos que originalmente se cantaron después de que los israelitas cruzaron el Mar Rojo. Es un salmo de alabanza que celebra los hechos asombrosos que se dieron luego de la salida del pueblo de Egipto. En él se describe al mar que “huye”, al Jordán que “se retira” y a las montañas que “saltan como carneros”. El mar huyó cuando se separó, permitiendo que  los israelitas escaparan con seguridad de sus enemigos egipcios. Las aguas del Jordán se retiraron cuando se separaron, ofreciendo un paso seguro para los israelitas hasta la Tierra Prometida. Las montañas temblaron cuando Dios descendió sobre el Monte Sinaí para darle a Moisés los Diez Mandamientos.

El Salmo 114 narra los muchos milagros que originaron el nacimiento de la nación de Israel. Pero un milagro, en particular, merece un análisis más detallado. El salmista revela que cuando los israelitas se acercaron al Mar Rojo, “el mar lo vio, y huyó” (114:3, RVR1995). ¿Qué fue lo que vio el mar que lo hizo dividirse?

La tradición judía enseña que el mar huyó al ver los huesos de José, hijo de Jacob, que había solicitado que los israelitas se llevaran sus restos con ellos cuando salieran de Egipto. Algo acerca de los huesos de José hizo que el mar reaccionara. Pero, ¿por qué? Para encontrar la respuesta, recurrimos al momento más importante de José.

El mayor logro de José no fue convertirse en el virrey de Egipto. Ni siquiera fue su voluntad de perdonar y ayudar a sus hermanos, a pesar de su traición. El momento más grande de José fue cuando se negó a las proposiciones de la esposa de su amo.

Después de ser vendido como esclavo en Egipto, José llegó a trabajar en la casa de Potifar. La esposa de Potifar comenzó a desear a José y diariamente trataba de hacerlo caer en pecado, pero José fue capaz de rechazar sus avances. La Biblia relata su lucha: “¿Cómo podría yo cometer tal maldad y pecar así contra Dios? Y por más que ella lo acosaba día tras día para que se acostara con ella y le hiciera compañía, José se mantuvo firme en su rechazo” (Génesis 39:9-10, NVI). José luchó contra sus deseos naturales, y ganó.

Tal dominio propio es un logro sin igual. Los eruditos enseñan que cuando el mar vio los restos de José, dijo: “Si José pudo ir en contra de su naturaleza, yo puedo ir en contra de la mía también”, y entonces se partió.

Amigos, ¿están buscando milagros? ¡No necesitamos esperar a que un mar se divida o que las montañas salten! Cuando se trata de milagros, no necesitamos buscar más allá de nosotros mismos. Cada día es una oportunidad para traer milagros al mundo. ¿Nos atraen los chismes? Contengamos la lengua. ¿Nos preocupamos sin cesar? Confiemos en Dios. Encuentre las áreas en las que usted falla y supérelas. ¡Eso es un verdadero milagro!