Ver nuestras bendiciones

¡Cómo echamos de menos el pescado que comíamos gratis en Egipto! ¡También comíamos pepinos y melones, y puerros, cebollas y ajos! Pero ahora, tenemos reseca la garganta; ¡y no vemos nada que no sea este maná! — Números 11:5-6

La porción de la Torá de esta semana, Behaalotejá, es de Números 8:1–12:16 y la Haftará es de Zacarías 2:14– 4:7.

El maná que caía del cielo era milagroso. Caía cada día, con la excepción del Shabbat, cuando no se permitía ningún trabajo. La provisión era exactamente la necesaria; incluso, el viernes caía dos veces la cantidad requerida, para que hubiese suficiente para el Shabbat. Los eruditos enseñan que el maná tenía exactamente el sabor que la persona que lo comía quería que tuviese.

¡Realmente increíble! Entonces, ¿cómo es posible que los israelitas se quejaran?

Lo cierto es que el maná podía saber a cualquier cosa, menos a puerro, cebolla o ajo, ya que estos alimentos no son buenos para las mujeres embarazadas o que están amamantando. La otra limitación que tenía el maná era que sin importar el sabor que tenía, siempre tenía el mismo aspecto. Aun así, como personas ajenas al asunto, podemos ver que el maná era un regalo maravilloso. Los israelitas estaban en el desierto, donde en circunstancias similares, la mayoría de las personas morirían de sed y hambre; no obstante se les proveía de todo. ¿Cómo se podían quejar?

Los eruditos judíos tienen un refrán que dice así: “¿Quién es feliz? El que se complace en lo que tiene.” La felicidad no se trata de lo que tenemos; se trata de disfrutar eso que tenemos. Los eruditos no tienen una expresión para lo que es la miseria, pero si la tuvieran, supongo que sería algo así: “¿Quién es miserable? El que se centra en lo que le falta.”

Ese fue el error de los israelitas que se quejaban en el desierto. Tenían mucho ––maná del cielo, nubes de protección por todos lados y un sinnúmero de otros milagros––, y sin embargo se centraban en lo que les faltaba: los sabores que el maná no podía ofrecer y el hecho de que aunque el maná tuviera el sabor a pescado, no tuviera la apariencia de uno.

Nuestra misión es rectificar el error de nuestros antepasados, al hacer que la gratitud sea parte de nuestra vida y al entrenar nuestra mente para centrarnos en nuestras bendiciones en lugar de enfocarnos en lo que nos falta. Pruebe esto: mantenga un “diario de gratitud”, anotando cada día tres cosas por las que está agradecido. Cada día, comience dándole gracias a Dios por su bendición y provisión del día. Luego, termine el día con un agradecimiento. De esta manera, podemos “entrenar” nuestra mente para que esté siempre agradecida.

Después de todo, ¡usted no puede centrarse en la lluvia que está cayendo en su vida, mientras se encuentra cautivado por la belleza de las flores!