Una oración más

En aquella ocasión le supliqué al Señor. — (Deuteronomio 3:23)

La porción de la Torá de esta semana, Va’etjanán, es de Deuteronomio 3:23 – 7:11, y la Haftará es de Isaías 40:1-26.

¿Qué tan poderosa es la oración?

La mayoría de nosotros ya nos hemos dado cuenta de que la respuesta a esa pregunta es: muy poderosa. La oración tiene el poder de salvar vidas, revertir destinos y lograr el perdón. Pero, ¿qué tan poderosa es una oración?, ¿dos oraciones?, ¿cien oraciones? ¿Qué tal una oración más de las que ya hemos hecho? Para encontrar la respuesta, iremos a la lectura de la Torá de esta semana, Va’etjanán, que significa “rogué.”

La porción de esta semana comienza con Moisés orando. Moisés le rogó a Dios que le permitiera entrar en Israel. (¿Recuerda? En Números 20:1-13, Moisés había desobedecido la orden de Dios, y se le dijo que no iba a ser él quien guiara al pueblo cuando entraran a la Tierra Prometida.) Moisés rogó a Dios una y otra vez. De hecho, los eruditos enseñan que el valor numérico de la palabra “Va’etjanán” es 515, ¡y explican que Moisés oró la misma oración 515 veces!

¿Por qué se detuvo allí?

Unos versículos más adelante leemos que el Señor le dijo a Moisés: “¡Basta ya! No me hables más de este asunto.” (v. 26) Cuando Dios le dijo a Moisés que dejara de orar, la implicación era que si hubiera continuado, ¡Dios habría cedido!

Dios tenía buenas razones ––aunque son razones que no podemos entender–– para no permitirle a Moisés entrar en la tierra de Israel, por lo que le puso fin a sus oraciones. Los eruditos enseñan que si Dios le hubiera permitido a Moisés continuar, el poder de la oración habría “forzado” la mano de Dios y trastornado su gran plan para la humanidad.

La increíble lección que podemos aprender de estos versículos es el poder de una sola oración más. A menudo oramos por algo y lo que pedimos no se manifiesta. A veces nos damos por vencidos en ese momento. Otras veces, continuamos y tal vez oramos una segunda o tercera vez. Pero, ¿cuántos de nosotros hemos orado 515 veces por algo? Los eruditos enseñan que cuando se trata de la oración, tenemos que ser como aquellos niños que continuamente fastidian a sus padres. Tenemos que pedir, pedir y pedir de nuevo. Finalmente, si pedimos lo suficiente y nuestra oración es para nuestro bien, nuestro Padre en el cielo nos responderá.

Pero, ¿significa eso que Dios es como un padre fácil de convencer, que cede ante el fastidio y el lloriqueo?

¡Por supuesto que no! No es que logramos que Dios cambie de opinión como resultado de nuestras oraciones repetitivas. Es que nos transformamos a nosotros mismos a través de nuestras muchas oraciones. Nos acercamos más a Dios y aprendemos a valorar lo que pedimos, ya sea salud, paz o sustento. Cambiamos, y por eso Dios cambia nuestra situación.

Amigos, si sus oraciones no han sido contestadas todavía, no se desanime. Oren, oren y oren otra vez. Nunca se sabe, la siguiente oración que haga puede ser la que Dios responda.