Una buena inversión

“Habla con todos los expertos a quienes he dado habilidades especiales, para que hagan las vestiduras de Aarón, y así lo consagre yo como mi sacerdote.” — Éxodo 28:3

La porción de la Torá de esta semana, Tetzavé, es de Éxodo 27:20 – 30:10 y de Ezequiel 43:10-27.

En estos días, se habla mucho del valor de hacer “inversiones seguras”; ¡ya nadie parece saber dónde poner su dinero! Todo el mundo busca la mejor rentabilidad a su inversión. Incluso Dios.

Cuando Dios le ordenó a Moisés que hiciera vestiduras sacerdotales para Aarón y sus hijos, que servirían como los primeros sacerdotes de la nación, especificó también quién quería que las hiciera. Dios no quería que cualquier persona confeccionara aquellas vestiduras sagradas, que requerían un trabajo muy preciso; él quería que las hicieran los mejores: “los expertos a quienes he dado habilidades especiales.” Cuando traducimos el versículo literalmente del hebreo original, se lee: “trabajadores cualificados a quienes he invertido sabiduría en la materia.”

Los eruditos preguntan: ¿Por qué se utiliza la palabra “invertir” y qué significa invertir sabiduría? Todos sabemos lo que significa invertir dinero, pero ¿cómo invierte Dios su sabiduría?

Dios invierte sabiduría de la misma manera que nosotros invertimos dinero. Los eruditos explican que Dios pone en cada ser humano un tipo único de sabiduría: un talento o habilidad, un don. Esa es la inversión de Dios. Lo que hacemos con nuestros conocimientos, talentos y habilidades es su rentabilidad.

Pero, ¿qué sucede cuando una inversión no logra producir rentabilidad?

Cuando somos jóvenes, descubrimos nuestras fortalezas y debilidades. Cuando llegamos a ser adultos, la mayoría de nosotros ya sabemos las áreas en que destacamos. Pero, ¿qué pasa después? ¿Usamos la sabiduría que Dios ha invertido en nosotros, o dejamos que se pierda? A veces pensamos que nuestros talentos no son gran cosa, o tal vez nos preocupa que ir en pos de ellos no pagará las cuentas. Así que dejamos que la sabiduría que Dios nos ha dado se malgaste.

El problema es que utilizar los talentos que Dios nos ha dado no es realmente una opción, ¡es una obligación! Cuando Dios hace una inversión, ¡espera rentabilidad! Si usted pone su dinero en un banco que no le paga ningún interés, ¿mantendría allí su dinero? ¡Por supuesto que no! Cuando Dios hace una inversión que no está produciendo rentabilidad, se reserva el derecho de liquidar sus activos. Cuando Dios nos da un regalo, hay que usarlo, o de lo contrario, ¡es posible que simplemente lo perdamos!

Lo contrario también es cierto. Cuando tomamos los talentos y habilidades que Dios nos ha regalado y los usamos para hacer del mundo un lugar mejor, Dios sólo sumará a su inversión. Dios se beneficia y nosotros nos beneficiamos, y ¡ese es el plan de inversión ideal!