Un amor que es nuestro

“Yo los he amado,” dice el Señor. “¿Y cómo nos has amado?” replican ustedes. “¿No era Esaú hermano de Jacob? Sin embargo, amé a Jacob pero aborrecí a Esaú, y convertí sus montañas en desolación y entregué su heredad a los chacales del desierto.” — Malaquías 1:2–3

La porción de la Torá de esta semana, Toldot, es de Génesis 25:19 — 28:9 y de Malaquías 1:1–2:7.

La Haftará para la porción de Toldot, nos lleva a la época del profeta Malaquías. En aquel tiempo, el exilio en Babilonia había terminado y a los judíos se les permitió regresar a Israel y reconstruir el Templo. Debería haber sido un momento de alegría y celebración, pero las cosas andaban muy mal. La Tierra Santa estaba en ruinas, la pobreza iba en aumento, había depravación  en todas partes y el Templo recién construido, que había reemplazado al primero,  era mucho menos glorioso. El ánimo y la moral del pueblo estaban en un punto muy bajo cuando Malaquías llegó, tanto a consolarlos como a corregir su comportamiento.

Malaquías comenzó a animarlos, diciéndole a la gente que Dios los amaba, pero ellos le preguntaron: “¿Cómo puede él amarnos?”. Los eruditos explican que en la época de Malaquías, las personas se sentían indignas y desagradables. Creían que si  Dios les mostrara alguna gracia,  era sólo por el mérito de sus padres Abraham, Isaac y Jacob.

Pero Dios dijo, “¿Acaso no es Esaú el hermano de Jacob? Sin embargo, a Jacob lo he amado, pero a Esaú lo he aborrecido”. En otras palabras, si esta lógica fuera correcta, entonces Dios hubiera amado a Esaú también. Después de todo, ¡era también un descendiente de los patriarcas! Dios le estaba diciendo a la gente que su amor por los patriarcas tiene límites. En última instancia, la relación de una persona con Dios se reduce a esa persona y Dios.

Tres veces al día, los judíos practicantes dicen la principal oración judía llamada Amidá, que comienza así: “Bendito eres tú, eterno, nuestro Dios y Dios de nuestros padres…”. Los sabios enseñan que reconocemos a Dios como nuestro Dios personal antes de mencionar que es el Dios de nuestros antepasados, con el fin de hacer hincapié en que nuestra relación con Dios debe ser personal.

Des seguro, todos nos beneficiamos de ser los herederos espirituales de aquellos hombres y mujeres santos y amados, pero no es suficiente. Si adoramos a Dios sólo porque nuestros padres lo hicieron, no es suficiente. Si vamos a la iglesia o a la sinagoga sólo porque es nuestra tradición familiar, no es suficiente. Primero debemos descubrir nuestra propia conexión con el Señor y sólo entonces podremos disfrutar de los beneficios de nuestro patrimonio.

A Dios no se le hereda. Una relación con el Señor tiene que ser ganada y cultivada por cada persona que camina sobre esta tierra. Todos tenemos que sufrir nuestras propias pruebas y desarrollar nuestra propia fe. Entonces, cuando él nos ame, será por nosotros mismos y no en base a nuestros vínculos familiares.