Todos somos importantes

“Hagan un censo de toda la comunidad de Israel por clanes y por familias patriarcales, anotando uno por uno los nombres de todos los varones.” — Números 1:2

La porción de la Torá de esta semana, Bamidbar, es de Números 1:1–4:20 y la Haftará es de Oseas 2:1–22.

Cuando yo estudiaba en el instituto rabínico, tenía un amigo que era el octavo de dieciséis hijos. ¡Quince hermanos y hermanas! No podía imaginar lo que era eso y esperaba que mi amigo contara historias de una infancia lamentable, llena de negligencia. Después de todo, ¿cómo podría cualquier pareja atender y amar a dieciséis niños al mismo tiempo? Pero mi amigo no tenía historias tristes que contar. De hecho, tuvo una infancia ideal y llena de amor. Mi amigo me aseguró que él y cada uno de sus hermanos y hermanas se sentían casi como si fueran hijos únicos. Cada uno de ellos se sentía amado por su papá y mamá, como si fuera el único hijo o hija que habían tenido.

Ahora que soy padre y abuelo, puedo entender cómo era que los padres de mi amigo podían amar a tantos niños al mismo tiempo. Cada uno de mis hijos y nietos es especial a su manera. Cuando nos reunimos como familia, aunque falte tan sólo un miembro, sentimos que no sólo somos menos en número, sino que simplemente somos menos. Debido a que todos los miembros añaden mucho a la familia, cada uno también significa mucho. Cada uno de los miembros de mi familia importa, y nada podrá cambiar esa realidad nunca. No importa lo mucho que crezca mi familia, siempre voy a amar a cada hijo inmensamente.

En la porción de la Torá de esta semana, Dios cuenta a los hijos de Israel. Por supuesto, él ya sabía cuántos eran, pero quería que ellos supieran que cada uno era importante. Si alguien faltaba, Dios se daría cuenta y le importaría.

En la actualidad, es lo mismo con nosotros. Hay más de siete mil millones de personas en el mundo hoy en día; hay más de mil millones de personas sólo en China. Con todas las personas que comparten este planeta, es fácil pensar que Dios no nos toma en cuenta. Podríamos pensar, de forma errónea, que no importamos mucho o que se nos ama poco.

Pero nada podría estar más lejos de la verdad. No importa si llegáramos a ser el único ser humano en la Tierra o si somos uno de diez mil millones o de un billón de billones, para Dios somos como hijos únicos. Él nos ama y cuida como si fuéramos hijos únicos. Ni uno solo de nosotros es prescindible y cada uno de nosotros es precioso para Dios.

Dios nos ve como invaluables; es hora de que nos veamos a nosotros mismos –– y a los demás –– de esa manera.