Todo queda perdonado

A ti, Señor, elevo mi clamor desde las profundidades del abismo. — (Salmo 130:1)

En España, se cuenta la historia de un padre y un hijo que se habían distanciado. El hijo se fue de la casa y su padre se dio a la tarea de encontrarlo. El padre buscó durante meses, pero fue en vano. Como último esfuerzo, el padre publicó un anuncio de página completa en un periódico de Madrid. El anuncio decía: “Querido Paco. Veámonos frente a la oficina del periódico el sábado al mediodía. Todo queda perdonado. Te amo. Tu padre”. El sábado siguiente, ¡800 hombres que se llamaban Paco se presentaron a la cita, todos en busca del amor y perdón de sus padres!

¿Cuántas personas andan por ahí en busca del amor y perdón de su Padre celestial?

Si usted es como el resto de nosotros, es probable que se haya equivocado una o dos veces en su vida. ¡Todos cometemos errores! Como dice Eclesiastés 7:20: “No hay una sola persona en la tierra que siempre sea buena y nunca peque.” Sin embargo, también es un peligro pensar que uno es tan sólo un pecador. Cada vez que caemos, existe el riesgo de que nos sintamos demasiado desalentados como para levantarnos de nuevo. El siguiente paso, después de pecar, es el arrepentimiento; sin embargo, a veces, nos resulta difícil seguir adelante.

En el Salmo 130, el rey David exclama: “A ti, Señor, elevo mi clamor desde las profundidades del abismo”. Los eruditos explican que las “profundidades” a las que se refiere David son las profundidades del pecado. A veces, cuando pecamos, nos sentimos despreciables y lejos de Dios; sentimos que estamos hundidos en la inmundicia. Entonces, ¿cómo podemos salir de ahí? ¿Cómo podemos darle la cara a nuestro Dios otra vez? Nos sentimos distantes, indignos de merecer el amor.

Los eruditos nos advierten: “En tu autovaloración, no te consideres perverso”. Si sucumbimos a los sentimientos de falta de valía, nuestro verdadero ser nunca podrá ser restaurado. En el Salmo 130, David nos recuerda que Dios es misericordioso y nos implora: “Espera al Señor. Porque en él hay amor inagotable; en él hay plena redención” (v. 7). Dios está esperándonos, amándonos y anticipando nuestro regreso para poder perdonarnos. Sólo tenemos que volver a él.

Imagine que abre el periódico de hoy y ve un anuncio con su nombre en él: “Querido _____. Nos vemos en la iglesia el domingo al mediodía. Todo queda perdonado. Te amo. Tu Padre”. Créalo, ¡Dios nos envía este mensaje todos los días! Sólo tenemos que volvernos a él en arrepentimiento, y él hará lo demás.