Todo depende de cómo lo vea

Además, con el bronce de los espejos de las mujeres que servían a la entrada de la Tienda de reunión, hizo el lavamanos y su pedestal. — Éxodo 38:8

La porción de la Torá de esta semana es una doble porción, Vaiakel–Pekudei, y es de Éxodo 35:11–40:38 y de 1 Reyes 7:13–8:21.

La tradición judía nos da una fascinante revelación acerca de la construcción del lavamanos que utilizaban los sacerdotes en el servicio sagrado en el Tabernáculo, donde se lavaban las manos y los pies antes de servir a Dios.

Así como Dios había mandado, el lavamanos estaba hecho de cobre. Pero, ¿de dónde sacarían cobre los hijos de Israel en medio del desierto?

La respuesta: “de los espejos de las mujeres.

En aquellos días, el cobre se fundía y se alisaba con el fin de crear un objeto reflectante como el espejo. La tradición judía enseña que al principio, cuando las mujeres ofrecieron sus espejos como donativos para el santo Tabernáculo, Moisés no los quería. En su opinión, los espejos, utilizados por las mujeres para mirarse y embellecerse, estaban demasiado conectados al mundo material como para ser utilizados en actividades espirituales. Pero Dios pensaba de otra manera. Dios le dijo a Moisés: “Para mí, esos espejos son más preciados que cualquier otra cosa.”

¿Cómo podía ser? ¿Por qué eran aquellos espejos tan queridos por Dios? Los eruditos explican que esos espejos fueron utilizados por las mujeres durante la esclavitud en Egipto, con el fin de embellecerse y seducir a sus esposos. En aquella época, los hombres de Israel se sentían tan desesperados, hasta el punto de ya no tener fe, que se negaban a traer más niños al mundo. Ellos no querían que sus familias crecieran en una realidad tan dura que, según sus cálculos, iba a continuar indefinidamente.

Pero las mujeres tenían otra perspectiva. Tenían fe en Dios de que la vida sería mejor y de que un día sus hijos serían libres. Así que usaron sus espejos como una herramienta para continuar el linaje de Israel. Gracias a ellas, ¡600,000 israelitas salieron de Egipto!

Es por eso que aquellos espejos eran tan preciosos para Dios. Eran un símbolo de la fe y la confianza en medio de tiempos difíciles. ¿Qué podría ser más santo?

Esta interesante aclaración también nos enseña una valiosa lección para la vida: nada en este mundo, de por sí, es bueno o malo. Los espejos no son buenos o malos. El Internet no es bueno o malo. Incluso las armas de fuego no son buenas o malas. Nosotros les damos sentido a los objetos en el mundo de Dios, por la forma en que los usamos. Cualquier cosa puede ser usada para bien, o Dios no lo quiera, para mal.

El judaísmo enseña que esta es en parte la razón por la que estamos aquí: para elevar todas las cosas en el mundo de Dios. Todo tiene el potencial para ser utilizado en el servicio santo de Dios. Todo depende de cómo lo veamos, y por consiguiente, de cómo lo usamos.