¿Subir la escalera?

Pero como los niños luchaban dentro de su seno, ella se preguntó: “Si esto va a seguir así, ¿para qué sigo viviendo?” Entonces fue a consultar al Señor. — Génesis 25:22

La porción de la Torá de este semana, Toldot, es de Génesis 25:19 — 28:9 y de Malaquías 1:1–2:7.

La Escritura nos dice que cuando Rebeca estaba embarazada, sentía en su vientre una gran cantidad de patadas. La tradición judía enseña que cuando ella pasaba por un lugar donde se adoraban ídolos, Esaú pateaba sin cesar. Al pasar por alguna casa de estudio de la Torá, Jacob pateaba con entusiasmo. En esos días, no existía el ultrasonido, así que Rebeca no podía entender cómo un bebé podía tener dos inclinaciones tan diferentes.

Rebeca recibió respuesta cuando Dios le explicó que iba a tener gemelos.  Aunque tenía sentido,  nos surge la pregunta si esto era justo para Esaú, quien parecía estar condenado a ser el hijo descarriado. Si nació con una tendencia hacia el mal, ¿podemos culparlo por seguir su naturaleza? Lo mismo aplica para Jacob. Si nació anhelando la rectitud, ¿deberíamos elogiarlo por resultar así?

Hay una historia sobre el Rabino de Kotzk, quien hizo a sus alumnos la siguiente pregunta: “Si hay dos personas en una escalera, una en el tercer peldaño y la otra en el quinto, ¿quién ha avanzado más?” Los estudiantes respondieron lo obvio: “El que está en el quinto”. El Rabino respondió: “Quizás sí, quizás no, depende de en qué dirección van”.  El rabino les estaba enseñando a sus alumnos que adonde se encuentre una persona en la vida no es tan importante, como sí lo es hacia dónde se dirige.

Tanto Esaú como Jacob nacieron con tendencias naturales, pero también nacieron con libre albedrío. Esaú tenía la opción de luchar contra su inclinación al mal y canalizar sus pasiones hacia el bien. Nadie le obligó a elegir una vida de inmoralidad. Si hubiera elegido el camino del bien, podría haber subido disparado la escalera de la rectitud, superando a Jacob.

Jacob también tenía otra opción. Podría haberse quedado en su zona de confort, sin salirse nunca de su rectitud, pero tampoco yendo más lejos. Podría haber entrado al mundo y haberse ido tal cual llegó, y nadie se habría quejado. Pero Jacob eligió exigirse más a sí mismo en la vida y dedicarse a subir cada vez más alto.

Al igual que Jacob y Esaú, todos venimos al mundo con fortalezas y debilidades. Puede que no las hayamos elegido, pero son nuestras. Pero de todos modos, nada de esto importa; al fin y al cabo, Dios ni se impresionará con nuestros talentos naturales ni se decepcionará con nuestros defectos de carácter. Él sólo quiere saber cómo los usamos. ¿Tratamos de mejorar nuestro carácter? ¿Usamos nuestros talentos para bien?

No importa adonde terminamos en la escalera de la rectitud, sólo lo lejos que hemos avanzado y en qué dirección.