Siervo humilde del Señor

“Y me humillaré aún más que esta vez; me rebajaré a tus ojos, pero seré honrado delante de las criadas de quienes has hablado.” — 2 Samuel 6:22

La porción de la Torá de esta semana, Shemini, es de Levítico 9:1—11:47 y la Haftará es de 2 Samuel 6:1–19.

En la porción de la Torá de esta semana, leemos de la alegre inauguración del Tabernáculo. En la Haftará, leemos de otra celebración: la llegada del Arca Santa a Jerusalén durante la época del rey David. Sin embargo, a pesar de las similitudes entre estas dos lecturas, es en lo que difieren donde podemos encontrar una poderosa lección. En la lectura de la Torá fuimos testigos de la tragedia que trae la arrogancia ante Dios, mientras que en la Haftará observamos una gran humildad en el servicio a él.

En la lectura de la Torá, los hijos de Aarón, Nadab y Abiú, llevaron ante Dios una ofrenda que no había sido autorizada. Si bien puede que hayan tenido buenas intenciones — querían servir al Señor — los eruditos explican que su servicio estaba arraigado en la arrogancia. Dios no había ordenado la ofrenda y los líderes, Aarón y Moisés, no la habían autorizado. Sin embargo, Nadab y Abiú pensaron que no necesitaban permiso alguno. En aquel espíritu de soberbia, llegaron demasiado cerca de Dios y como resultado, perecieron.

Muchos años después, David, el rey de Israel, servía al Señor con gran alegría. Mientras el Arca iba en camino a Jerusalén, la procesión se detuvo varias veces para que se pudieran ofrecer los sacrificios a Dios. Al continuar la procesión, David dirigía al pueblo con bailes y cantos. Su esposa Mical, hija de Saúl, pensaba que el exuberante despliegue de David era bastante impropio de un rey. El padre de ella nunca se había comportado de una manera tan indecorosa. Cuando la ceremonia terminó, Mical reprendió a su marido y le dijo: “¡Cuán honrado ha quedado hoy el rey de Israel, descubriéndose hoy delante de las criadas de sus siervos, como se descubre sin decoro un cualquiera!” (2 Samuel 6:20). En otras palabras, le dijo: “Qué poco digno; ¿Dónde está tu honor?”

Escuche la respuesta de David: “Y me humillaré aún más que esta vez; me rebajaré a tus ojos, pero seré honrado delante de las criadas de quienes has hablado” (2 Samuel 6:22). David no se disculpó por su comportamiento, sino que prometió ser aún más indecoroso si fuera necesario. Porque, cuando se trata de servir al Señor, nadie es más rey que el verdadero Rey; todos somos siervos humildes ante él. Como el rey David explica, en última instancia, la humildad ante el Señor se traduce en honor ante los demás. No obstante, ante Dios no existe servicio demasiado bajo o tarea demasiado insignificante para un siervo de Dios.

Piense en cómo podemos servir a Dios con humildad hoy. ¿Cómo podemos dejar de lado nuestro ego para la gloria de Dios? Servir a Dios con humildad conduce al más grande honor. Como David escribió: “Pero los mansos heredarán la tierra y se recrearán con abundancia de paz” (Salmo 37:11, RVR1995).