Si no es ahora, ¿cuándo?

Cuando Rubén volvió a la cisterna y José ya no estaba allí, se rasgó las vestiduras en señal de duelo. Regresó entonces adonde estaban sus hermanos, y les reclamó: ‘¡Ya no está ese mocoso! Y ahora, ¿qué hago?’” (Génesis 37:29-30, NVI)

La porción de la Torá de esta semana, Vaiéshev, es de Génesis 37:1 – 40:23 y de Amós 2:6 – 3:8.

Debería de haber, podría haber, hubiera: tres de las más trágicas palabras de nuestras vidas. Son palabras de anhelo por otra oportunidad, palabras de arrepentimiento. Son palabras que vienen demasiado tarde o que se podrían haber evitado por completo.

En la porción de la Torá de esta semana, hay mucho drama. José, claramente el favorito de Jacob, les hizo saber a sus hermanos lo bien que pensaba de sí mismo. Ya sea que estuviera presumiendo o simplemente revelando la verdad sobre los sueños proféticos que había tenido, sin duda José quedó como un arrogante ante sus diez hermanos. A ellos les pareció que José era una amenaza y por lo tanto decidieron deshacerse de él.

Pero, ¿cómo? Decidieron que matar a José era la solución más fácil y definitiva. Planearon encubrir el asesinato diciéndole a su padre que José había sido devorado por un animal salvaje. Rubén, el mayor de los hermanos, sabía que matar a su hermano era incorrecto (sin importar cuán fuera de lugar pareciera estar José). Al mismo tiempo, Rubén no estaba seguro de poder invalidar lo que sus hermanos ya habían decidido. Así que sugirió poner a José en un pozo y dejarlo morir en forma natural, mientras que secretamente planeaba regresar más tarde y rescatar a José.

Los hermanos estuvieron de acuerdo, pero el plan salió mal cuando Judá, el hermano número cuatro, convenció a los otros hermanos de vender a José en lugar de dejarlo morir. Rubén no estaba al tanto del cambio de plan, así que cuando regresó al pozo que habían elegido y descubrió que estaba vacío, quedó totalmente consternado, pensando que José estaba muerto. Rubén se rasgó la ropa de dolor y gritó: “¡Ya no está ese mocoso!”. La culpa y el arrepentimiento fueron abrumadores. ¿Por qué no había salvado a José antes? ¿Por qué se demoró? Luego Rubén gritó: “Y ahora, ¿qué hago?

Miles de años más tarde, Hillel el Anciano acuñó una frase para ahuyentar la trágica situación de Rubén. Hillel dijo: “Si yo no me ocupo de mí, ¿quién lo hará? Y si sólo me ocupo de mí, ¿qué soy? Y si no es ahora, ¿cuándo?” Hillel nos aconseja destruir la postergación antes de que comience. Básicamente, está diciendo: “Si yo no lo hago, nadie lo hará. Depende de mí ayudarme a mí mismo y a los demás”.

Pero son las últimas palabras de Hillel las que han resonado con más fuerza a través de los siglos: “Si no es ahora, ¿cuándo?” Como Rubén trágicamente aprendió, no hay mejor momento que el presente. Si dudamos, aunque sea por unos momentos, preciadas oportunidades pueden perderse para siempre.

Escuche la agonía en el grito de Rubén y preste atención a la urgencia del llamado de Hillel. ¿Qué oportunidad está abierta para usted hoy? El momento de actuar es ahora.