Compartir su riqueza

Jacob pasó la noche en aquel lugar, y de lo que tenía consigo escogió, como regalo para su hermano Esaú, doscientas cabras, veinte chivos, doscientas ovejas, veinte carneros, treinta camellas con sus crías, cuarenta vacas, diez novillos, veinte asnas y diez asnos. — Génesis 32:13-15

La porción de la Torá de esta semana, Vaishlaj, es de Génesis 32:3-36:43 y de Abdías 1:1-21.

Según la tradición, Jacob adquirió 5,500 animales mientras trabajaba para Labán. De ellos, le dio un décimo –550 animales– a su hermano Esaú, como ofrenda apaciguadora. Aquel porcentaje no era casual. Además, el diez por ciento de esos animales no le pertenecía a Jacob.

Cuando Jacob dejó la casa de su padre, le hizo una promesa a Dios. En consonancia con lo que luego sería una ley bíblica oficial, Jacob se comprometió a dar una décima parte de sus ganancias a causas benéficas: “y de todo lo que me des, apartaré el diezmo para ti [Dios]” (Génesis 28:22, RVC). Pero por alguna razón, mientras trabajaba para Labán, Jacob no diezmaba de lo que era suyo. Ahora bien, en lugar de dar de sus posesiones a causas caritativas, Jacob terminó perdiéndolas a favor de Esaú, ¡una causa mucho menos atractiva!

Todos sabemos que debemos ser caritativos y compartir nuestro dinero con los demás, ¡pero eso no siempre es tan fácil de hacer! ¡Después de todo, es nuestro dinero! ¿No deberíamos disfrutarlo? Sin embargo, Dios dice: “La plata y el oro son míos” (Hageo 2:8, RVC). Ninguna de nuestras posesiones terrenales en realidad nos pertenece. Todo pertenece a Dios y nosotros debemos usar, de manera apropiada, lo que él gentilmente nos ha dado.

Había una vez un hombre que aprendió una lección valiosa mientras esperaba en un aeropuerto. El hombre ya había registrado sus maletas, se compró un bocadillo y una revista, y se sentó a esperar. Al abrir su revista y asir una galleta, se sorprendió al encontrar otra mano en la bolsa. ¡La mujer sentada junto a él se estaba comiendo su comida!

Él era demasiado educado como para decirle algo, así que se mantuvo en silencio a pesar de que la mujer continuaba comiéndose su merienda. Aquella mujer ni siquiera le dejó la última galleta; en su lugar, la partió, sonrió y se guardó la mitad. ¡Qué grosera! Justo en ese momento, empezaron a llamar a los pasajeros del vuelo del hombre. Mientras se preparaba para abordar el avión, abrió su maletín para sacar su tarjeta de embarque y encontró su bolsa de galletas, sin abrir ni tocar. ¡Todo aquel rato había estado comiéndose las galletas de la mujer, mientras que ella amablemente las había compartido con él!

Hay muchas lecciones que aprender de esta historia. Una de ellas es que saber quién es el dueño de algo ¡hace una gran diferencia! Si nos vemos a nosotros mismos como los verdaderos dueños de nuestras posesiones, entonces podemos resistirnos a compartirlas con Dios y con otros. Pero cuando nos damos cuenta de que todo le pertenece a él, nos apresuraremos a compartir en cualquier oportunidad.