Seguir adelante

Isaac comenzó a temblar y, muy sobresaltado, dijo: “¿Quién fue el que ya me trajo lo que había cazado? Poco antes de que llegaras, yo me lo comí todo. Le di mi bendición, y bendecido quedará.” — Génesis 27:33

La porción de la Torá de esta semana, Toldot, es de Génesis 25:19 — 28:9 y de Malaquías 1:1–2:7.

Hacia el final de la porción de la Torá, Isaac quería darle las bendiciones de la primogenitura a su hijo, Esaú. Pero Rebeca entendía mejor la situación. Durante su embarazo, se le había dicho mediante una profecía, que Esaú sería indigno de recibir las bendiciones, mientras que Jacob las necesitaría para cumplir con su misión de difundir la Palabra de Dios. Así que Rebeca aconsejó a Jacob sobre cómo engañar a su padre para que le diera a él las bendiciones. El plan tuvo éxito, y luego vino el momento en que Isaac se dio cuenta de que había sido engañado.

El verdadero Esaú volvió de un día de caza, listo para recibir la bendición. Isaac le preguntó: “¿Quién eres?” Esaú respondió: “Soy yo, ¡tu hijo Esaú!”.  Luego todo convergió en un momento devastador, tal como la Biblia nos dice: “A Isaac le sobrevino un gran estremecimiento…”. Los sabios explican que Isaac no temblaba porque estaba enojado; temblaba porque se daba cuenta de que había estado terriblemente equivocado. Este no era un estremecimiento ordinario; era el tipo de estremecimiento que sacude a una persona hasta la médula. Toda la previsión de Isaac había sido errónea y sólo ahora entendía plenamente el plan de Dios para sus hijos. Todas las esperanzas y sueños de Isaac para Esaú se vinieron al suelo.

Podemos sentir el dolor de Isaac. El momento es triste y desgarrador, pero al mismo tiempo,  fortalecedor e inspirador. ¿Cuántos de nosotros podríamos distanciarnos de una creencia de toda la vida y humildemente aceptar que estábamos equivocados? Pues, eso es  precisamente lo que Isaac hace.

Hay una historia en el Talmud acerca de un rabino que invirtió las energías de toda su vida en el estudio de una palabra que aparece cientos de veces en la Biblia: “et”, que se traduce libremente como “y” o “también”. El rabino creía la teoría que cada vez que se utilizaba esta palabra, había una ley adicional que aprender sobre el tema en cuestión. Pasó su vida extrapolando esas leyes ocultas, hasta que un día ya no obtuvo más resultados. Se vio obligado a concluir que su teoría estaba equivocada y descartó lo que había sido el trabajo de toda su vida. Cuando sus alumnos le preguntaron cómo podía hacer tal cosa, el rabino respondió: “Así como se me otorgó una recompensa por exponer mi teoría, así se me dará una recompensa por abstenerme de hacerlo”. El rabino sabía cuándo abandonar su teoría y no ser tan orgulloso para admitar estar equivocado.

Todos sabemos lo que se siente cuando nos damos cuenta de que nos hemos equivocado. Es humillante y puede que nuestro mundo se conmocione. Pero hay algo mucho peor que dejar de lado una creencia a la que hemos estado arraigados por mucho tiempo; es aún más pernicioso continuar con la misma perspectiva defectuosa y repetir los mismos errores una y otra vez.

Podemos aprender de Isaac cómo enfrentar nuestros errores y abandonarlos. Sólo entonces, podremos cambiar nuestro rumbo y seguir adelante con gracia.