Recuerde lo bueno

“Por eso, ahora voy a seducirla;
 me la llevaré al desierto
 y le hablaré con ternura.
 Allí le devolveré sus viñedos,
 y convertiré el valle de la Desgracia en el paso de la Esperanza.
 Allí me corresponderá, como en los días de su juventud,
 como en el día en que salió de Egipto.” — Oseas 2:14–15

La porción de la Torá de esta semana, Bamidbar, es de Números 1:1–4:20 y la Haftará es de Oseas 2:1–22.

El libro de Oseas comienza con lo que posiblemente sea uno de los mandamientos más extraños que jamás se le haya dado a un hombre. Dios le ordenó al profeta Oseas que encontrara una mujer infiel, se casara con ella y comenzara una familia. De esa manera, Oseas y su esposa se convierten en una alegoría del amor de Dios por Israel, la infiel.

A menudo en la Biblia, Dios “recuerda” la fidelidad de los hijos de Israel cuando lo siguieron en el desierto, que es el momento de la historia que analizamos en la lectura de la Torá de esta semana. En el libro de Jeremías, Dios dice: “Recuerdo el amor de tu juventud, tu cariño de novia, cuando me seguías por el desierto, por tierras no cultivadas” (2:2). Aquí en Oseas, en la Haftará de esta semana, Dios tenía pensado llevar a los israelitas al desierto, donde el pueblo le “corresponderá, como en los días de su juventud, como en el día en que salió de Egipto.

Cuando todo parecía perdido y los israelitas parecían haberse quedado sin redención, Dios recordó. Él recordó lo que había sido Israel y lo que podría volver a ser. Recordó el amor que tenía por Israel y la relación que alguna vez disfrutaron. Dios recuerda las virtudes del pasado, y es a través de aquel lente que ve el presente y planifica el futuro.

Cuando se trata de nuestras relaciones con los demás, nosotros también recordamos el pasado. Pero ¿qué es lo que recordamos? La mayoría de las personas recuerdan las cosas malas que han sufrido más que los favores recibidos. Y aunque recordemos la bondad de una persona hacia nosotros, tan pronto como esa misma persona nos perjudica de alguna manera, el recuerdo de aquella bondad se desvanece rápidamente.

Los eruditos nos instan a ver nuestras relaciones a través de un prisma muy diferente. Nos alertan a recordar las cosas buenas que hace la gente y a no permitir que sus errores anulen sus méritos. Así como Dios se acuerda de los momentos en que hemos hecho las cosas bien y cree que podemos llegar a ser aún mejores, nosotros también debemos recordar lo mejor de cada persona y nunca dejar que algo que hayan hecho mal nuble nuestra visión para reconocer su bondad.

Pruebe esto la próxima vez que alguien cercano le haga daño: recuerde. Recuerde los momentos compartidos y las cosas buenas que esa persona ha hecho por usted; recuerde la amabilidad de la que ha sido objeto y todos los favores recibidos. Tal vez se trate de su padre o madre, que se encargó de usted cuando era niño, o de su cónyuge, que le apoyó para que usted completara su educación. Cualquiera que sea el caso, recuerde. Y cuando recuerde, siéntase agradecido, y sólo entonces actúe. Ojalá de esta manera podamos actuar más a partir del amor y menos de la ira, para así tomar decisiones que mejoren dramáticamente nuestras relaciones más preciadas.