¿Quién endureció el corazón?

Sin embargo, mediante sus artes secretas los magos egipcios hicieron lo mismo, de modo que el faraón endureció su corazón y, tal como el Señor lo había advertido, no les hizo caso ni a Aarón ni a Moisés. — Éxodo 7:22

La porción de la Torá de esta semana, Vaierá, es de Éxodo 6:2—9:35 y de Ezequiel 28:25—29:12.

El caso del corazón endurecido comienza cuando Dios le dijo a Moisés que aunque Aarón le pidiera al faraón, “Deja ir a mi pueblo,” el corazón del faraón se endurecería y no cedería. Dios le dijo a Moisés: “Yo voy a endurecer el corazón del faraón . . . .él no les hará caso” (Éxodo 7:3–4). Se deduce del texto que Dios hizo que el corazón del faraón se endureciera, lo que le impidió arrepentirse y dejar ir a los israelitas. Esto plantea la pregunta: ¿Realmente es eso justo?

¿Podemos culpar al faraón por mantener una posición tan obstinada e inflexible cuando al parecer Dios le obligó a asumir esa posición? De hecho, después de la primera plaga, las Escrituras nos dicen que “el faraón endureció su corazón.” ¿Tuvo acaso alguna oportunidad? ¿Le era posible arrepentirse?

El caso se pone un poco más complicado luego de la plaga número dos, cuando después de la primera promesa de dejar ir a los israelitas, al final, el faraón cambia de opinión y decide mantenerlos como esclavos. Según el texto, esto no fue obra de Dios: “Pero en cuanto el faraón experimentó alivio, endureció su corazón” (Éxodo 8:15). Aquí, ¡fue el faraón quien endureció su propio corazón!

Entonces, ¿quién fue el responsable? ¿Quién hizo al faraón tan obstinado, cruel, ciego y despiadado? ¿Fue el faraón, o fue Dios?

Los eruditos enseñan que fueron ambos. Durante las primeras cinco plagas, el faraón endureció su propio corazón. Es sólo después de la plaga número seis que leemos: “Pero el Señor endureció el corazón del faraón” (Éxodo 9:12). Dios le dio al faraón cinco oportunidades para arrepentirse y para ablandar su corazón. Pero después de que el faraón distorsionara tanto su propia humanidad, perdió la oportunidad de arrepentirse. Su corazón se endureció hasta el punto de que no hubo vuelta a atrás.

Los eruditos aprenden una gran lección del caso del corazón del faraón, que es aplicable a todo el mundo. La primera vez que pecamos, lo sentimos profundamente en nuestro corazón. La segunda vez, lo sentimos un poco menos. A la tercera vez estamos aún más insensibles. Si continuamos con nuestras malas acciones, ¡finalmente llegaremos a un lugar donde ya no podremos sentir nada en absoluto! ¡Nuestros corazones se endurecen!

Tenemos que tener cuidado con esta trampa y detener el pecado cuando recién inicia. Además, debemos examinar nuestros corazones, encontrar los puntos duros y hacer un esfuerzo consciente para ablandarlos. Tal vez en el pasado hubo un tiempo en que se percibía el chisme como algo erróneo, pero ahora, ¿acaso nos detenemos antes de chismear? Antes, la lascivia era intolerable, pero ahora, ¿acaso nos trastorna? Tenemos que volver a sensibilizar nuestras almas y suavizar nuestros corazones. Sólo entonces podremos escuchar los mensajes de Dios y prestar atención a su llamado.