Plumas en el viento

Cuando a una persona le salga en la piel alguna inflamación, erupción o mancha blancuzca que pueda convertirse en infección, se le llevará al sacerdote Aarón, o a alguno de sus descendientes los sacerdotes.— Levítico 13:2

La porción de la Torá de esta semana es una doble lectura, Tazría-Metzorá, de Levítico 12:1–15:33 y la Haftará es de 2 Reyes 7:3–20.

En inglés, hay una réplica que los niños suelen usar cuando escuchan palabras groseras de parte de sus compañeros, y dice así: “Palos y piedras pueden romper mis huesos, pero las palabras nunca me harán daño.” Sin embargo, quien haya sufrido abuso verbal le diría que esa afirmación es totalmente falsa. Aunque los niños pueden aprender a recuperarse de aquellas agresiones verbales, el hecho es que las palabras sí pueden herir.

La mayor parte de la lectura de la Torá de esta semana, se centra en torno a una enfermedad espiritual que se presenta como una enfermedad física. Es una enfermedad que puede afectar las posesiones de una persona, su hogar y finalmente su cuerpo. A la persona que sufre una enfermedad como esta, se le llama metzorá en hebreo. El término es una contracción de las tres palabras hebreas motzi, shem y ra, y significa: “habló mal de otra persona.” Esto revela que el crimen del que padece esta enfermedad es que ha usado palabras para dañar a otra persona.

Aunque sabemos que las palabras pueden ser hirientes, ¿es una ofensa verbal realmente tan mala? Después de todo, las palabras son sólo palabras. Claro que pueden lastimar por un momento, pero luego se las lleva el viento, ¿verdad?

Se cuenta la historia de un hombre que andaba difamando al rabino de su ciudad. Después de algún tiempo, el hombre se arrepintió de sus acciones y le pidió perdón al rabino, diciéndole que haría cualquier cosa para enmendar el daño. El rabino le dijo que tomara una almohada, la abriera y dejara que las plumas se dispersaran con el viento. El hombre hizo lo que se le dijo y luego regresó adonde el rabino. “Ahora ve y recoge todas las plumas,” le dijo el rabino. “¡Pero eso no es posible!” respondió el hombre. Entonces el rabino le explicó lo que estaba tratando de decirle: “Así es con las palabras. Una vez que salen de su boca, es imposible retractarlas y quién sabe hasta dónde llegarán.”

Es por esto que la Biblia ve el pecado de hablar mal de los demás como una ofensa grave, equiparándola incluso con una enfermedad. Las palabras se comparan con flechas: una vez disparadas, su dirección ya no está bajo nuestro control y su efecto puede ser mortal. La lengua es un arma tan poderosa que Dios creó dos puertas para contenerla: una son los dientes, la otra los labios. Necesitamos considerar cuidadosamente nuestras palabras y pensar antes de abrir la boca para hablar. Después de todo, los huesos rotos se pueden curar, pero las palabras hirientes se quedan para siempre.