Obra santa

Noé se dedicó a cultivar la tierra, y plantó una viña. — Génesis 9:20

La porción de la Torá de esta semana, Noé, es de Génesis 6:9 – 11:32 y de Isaías 54:1 – 55:5.

Estoy bastante seguro de que la Reina de Inglaterra no saca la basura. La reina es formal y correcta, y seamos sinceros, es de la realeza. Sería indigno para una persona de tan alto estatus, ensuciarse las manos con tareas humildes. Su trabajo consiste en sentarse en el trono. Hay muchos trabajadores para que se ocupen de lo demás.

Noé era el rey de su mundo. Como el sobreviviente de más  edad del diluvio, era la cabeza de su familia y el líder del nuevo mundo. Incluso antes del diluvio, se nos presenta a Noé como un hombre digno y majestuoso, que “siempre anduvo con Dios” (Génesis 6:9, RVC). Noé vivió su vida en un extraordinario y alto plano espiritual. Sin embargo, eso no quiere decir que tenía miedo de trabajar y ensuciarse. Del Noé que nos encontramos después del diluvio, se nos dice que “comenzó (…) a labrar la tierra”. El mundo de Dios tenía que ser reconstruido, así que Noé se puso de rodillas y plantó una viña.

Hay una historia sobre un matrimonio que fue a ver a un rabino para hablarle de una disputa familiar. La esposa estaba enojada y frustrada porque sólo le pedía a su esposo que hiciera una cosa en la casa, sacar la basura, ¡y él se negaba porque estaba ocupado leyendo la Torá!

El marido se sentía  insultado y estaba horrorizado por la insensibilidad de ella con respecto a su estudio de la Torá. ¿Cómo podía esperar que dejara la santidad del estudio de la Biblia por el modesto trabajo de sacar la basura?

La pareja decidió dejar que un rabino decidiera quién tenía razón. Presentaron el caso ante un santo rabino, pero él no les dio una respuesta. En su lugar les dijo: “Tendré la respuesta más tarde”, y los envió a casa sin una resolución.

Esa noche, la esposa terminaba los preparativos de la cena,  el marido se encontraba sentado inmerso  en el estudio y la basura estaba aún junto a la puerta. Era una noche de tormenta, pero de repente, alguien llamó a la puerta. El marido abrió y allí estaba el rabino. “¿Qué está haciendo aquí, maestro?”, le preguntó el hombre asustado. “¡Estoy aquí para sacar la basura!”, fue la respuesta.

 La verdadera grandeza se demuestra cuando uno no es demasiado grande para nada. Todo servicio a Dios es santo. Sacar la basura para que otra persona no tenga que hacerlo es una obra santa. Lavar los platos para que otras personas puedan tener platos, vasos y cubiertos limpios es una obra santa.

Cuando servimos a Dios, tenemos que estar dispuestos a ensuciarnos las manos. Ningún trabajo es demasiado mundano y nada está por debajo de nuestra dignidad, porque nuestras acciones tienen un propósito mayor y nuestra misión es servir a Dios.