Nuestro templo en miniatura

“También deben ser de oro puro sus platos y sus bandejas, así como sus jarras y tazones para verter las ofrendas. Sobre la mesa pondrás el pan de la Presencia, para que esté ante mí siempre.” — Éxodo 25:29–30

La porción de la Torá de esta semana, Terumá, es de Éxodo 25:1—27:19 y de 1 Reyes 5:12—6:13.

Platos, bandejas, jarras, tazones, una mesa y pan… ¡pareciera que estos artículos pertenecieran más bien a nuestros hogares que a la casa de Dios! Sin embargo, cuando nos fijamos en los elementos que Dios ordenó que pusieran en su Templo, nos damos cuenta de que precisamente son las mismas cosas que utilizaríamos para amueblar nuestros hogares: la menorá para alumbrarnos, la mesa para el pan y el recipiente de agua para lavar los platos. Los eruditos explican que las similitudes no son un accidente, ya que las dos casas –la nuestra y la de Dios– están profundamente conectadas. Pero, ¿cómo pueden comparar la casa de Dios con un hogar para simples mortales?

Los eruditos explican que cuando Dios ordenó a Israel hacerle una casa, el propósito expresado por él fue: “ . . . para que yo habite entre ustedes” (Éxodo 25:8). Dios quiere estar con nosotros, pero para que esto suceda, tenemos que ser merecedores de su presencia. El Tabernáculo, y más tarde el Templo, nos ayudarían a merecer esa presencia. El Templo era un lugar donde las personas iban a expiar sus pecados y volverse mejores personas. De esta forma, estrechaban más su relación con Dios.

Hoy, por supuesto, ya no tenemos el Tabernáculo ni el Templo. Los eruditos enseñan que en su lugar, tenemos nuestros hogares. De hecho, al hogar se le llama “el templo en miniatura,” porque es dentro de nuestros hogares que podemos replicar el servicio que se llevaba a cabo en el Templo.

¿Qué quiere decir esto? Así como el pan nunca podía faltar en las mesas del Templo y del Tabernáculo, en nuestras mesas nunca debe faltar alimento para los necesitados. En la tradición judía, es gracias a la generosidad otorgada en nuestras mesas que encontramos perdón para nuestros pecados. Al igual que el Templo era un lugar de inspiración, fortaleza y adoración, debemos crear hogares que consuelen e inspiren a otros.

Usted, ¿cómo puede hacer de su hogar la casa de Dios? ¿Puede abrir su casa y su corazón a los que están solos y necesitados? ¿Puede proporcionar sustento a los hambrientos y a los pobres? Nos corresponde a nosotros servir a Dios de la forma en que nos sea posible, para que nuestros hogares lleguen a ser santos y su presencia habite entre nosotros.