Montañas y valles

En el monte Sinaí el Señor le ordenó a Moisés . . . . — Levítico 25:1

La porción de la Torá de esta semana es una doble lectura, Bejar-Bejukotai, de Levítico 25:1–27:34 y la Haftará es de Jeremías 16:19—17:14.

La llegada a Jerusalén siempre es especial. La mayoría de los visitantes llegan a Jerusalén de Tel-Aviv, donde se encuentra el aeropuerto Ben Gurión, pero casi cualquier ruta por la que se llegue ofrece la misma vista. Jerusalén está rodeada de montañas y la ciudad misma queda a una de las mayores altitudes de Israel.

Los eruditos enseñan que la geografía de Jerusalén no es accidental; más bien, es simbólica. Cualquier acercamiento a Dios presupone la existencia de montañas y valles, altos y bajos. Tanto los picos como las llanuras son parte de recorrer un camino espiritual.

Esta semana leemos una doble porción de la Torá. Leemos Bejar, que significa “la montaña,” como en: “En el monte Sinaí el Señor le ordenó a Moisés . . .y también leemos Bejukotai, que significa “mis decretos,” como en: “Si ustedes siguen mis decretos, y cumplen y practican mis mandamientos . . .” (Levítico 26:3, RVC). Tomados en conjunto, estos dos títulos representan el equilibrio entre las inspiradoras alturas y las menos inspiradoras caminatas por los valles de nuestra vida.

Las montañas representan las cumbres en nuestra vida: hitos como casarse o tener hijos. También pueden ser momentos de inspiración, como ver una puesta de sol hermosa o las olas del océano, o bien momentos espirituales en los que nos sentimos profundamente conectados con Dios o conmovidos por su Espíritu.

En la Biblia, a menudo encontramos que esos momentos espirituales tuvieron lugar en las montañas, como la entrega de la Torá en el Monte Sinaí o la gran victoria espiritual del profeta Elías contra los profetas de Baal en el monte Carmelo. Desde los puntos altos similares en nuestra vida, podemos apreciar el hermoso panorama de lo que nos rodea.

Pero también existen los valles. A veces, representan tiempos difíciles en la vida, pero no necesariamente. Los valles también simbolizan la vida “normal,” las rutinas del día a día que ocupan la mayor parte de nuestra vida. Esos períodos no son tan inspiradores o satisfactorios; requieren poner un pie delante del otro y caminar hasta llegar al siguiente punto alto. Durante aquellos momentos en la vida, simplemente seguimos los decretos de Dios y caminamos en obediencia y fe. Hacemos lo correcto todos los días, incluso cuando es duro y nadie nos está mirando, o aun cuando no tenemos ganas de hacerlo.

Cuando leemos estas dos porciones juntas, recordamos que necesitamos ambas formas de adoración en nuestro camino hacia Dios. A veces tenemos que sentirnos inspirados y conectados; otras veces necesitamos simplemente caminar en obediencia. Si mantenemos nuestros ojos fijos en el objetivo final, tendremos éxito.