Mirando hacia arriba

“Mientras Moisés mantenía los brazos en alto, la batalla se inclinaba en favor de los israelitas; pero cuando los bajaba, se inclinaba en favor de los amalecitas”. (Éxodo 17:11, NVI)

La porción de la Torá de esta semana, Beshalaj, es de Èxodo13:7 – 17:16 y de Jueces 4:4 – 5:31.

No hacía mucho que los hijos de Israel habían salido de Egipto cuando se enfrentaron a su próximo enemigo: la nación de Amalec. Al describir la batalla que tuvo lugar, la Biblia explica que mientras Moisés tenía los brazos en alto Israel prevalecía, pero cuando bajaba los brazos, la batalla se inclinaba a favor de los amalecitas. ¿Cómo es posible que el curso de la batalla estuviese determinado por los movimientos de los brazos de Moisés?

Los eruditos explican que los brazos de Moisés no eran responsables por el curso de la batalla; los responsables eran los corazones de las personas. Sus corazones estaban conectados a los brazos de Moisés. Cuando él tenía los brazos arriba era porque ellos estaban mirando hacia arriba –de forma literal y figurativa– hacia Dios como su esperanza y su salvador. Cuando Moisés tenía los brazos hacia abajo era porque su fe estaba flaqueando. Sin fe, ninguna cantidad de flechas en el mundo podía vencer al enemigo Amalec.

Como verá, Amalec no se parecía a cualquier otra nación, ni esta batalla era como cualquier otra batalla. Amalec representaba el paradigma bíblico del mal en el mundo. Más específicamente, la nación de Amalec simboliza un “mundo sin Dios”, donde las cosas suceden al azar y no hay tal cosa como la recompensa ni el castigo. En un mundo sin Dios, todo es válido y todo puede pasar. Estamos a merced del rodar de los dados.

Además, la tradición judía enseña que el valor numérico de la palabra “Amalec” es el mismo que el de la palabra hebrea para “duda”. Esto es porque la impiedad de Amalec nos hace dudar de la existencia de Dios y de su participación en nuestras vidas.

Esta es la razón por la que la batalla contra Amalec se tuvo que pelear con fe: sólo se podía ganar con fe. El antídoto para el mal propugnado por Amalec es la fe que Israel enseña y vive en carne propia. La tradición enseña que Amalec e Israel estarán atrapados en esta batalla hasta el final de los tiempos. Amalec dice que Dios no está en ninguna parte; Israel dice que Dios está en todas partes. Las dos ideas son mutuamente excluyentes y sólo una nación saldrá victoriosa.

La batalla entre Amalec e Israel se libra en la actualidad, sólo que se trata de una lucha espiritual, pugnada en las profundidades de nuestras mentes y corazones. El rabino Janina Bar Chama, un sabio talmúdico del siglo iii, solía decir: “A nadie le duele el dedo meñique, sin que haya sido primero ordenado desde el cielo”. Aquel rabino enseñaba que la Providencia de Dios se extiende a cada detalle de nuestras vidas en la tierra y que nada pasa sin su conocimiento. Cuanto más integremos este mensaje en nuestra vida cotidiana, más vamos a debilitar el remanente de Amalec. Cuando nuestra fe sea completa, habremos terminado la batalla que comenzó con Moisés y termina con todos y cada uno de nosotros.