Matador de gigantes

Después nos dijo el Señor: “Emprendan de nuevo el viaje y crucen el arroyo Arnón. Yo les entrego a Sijón el amorreo, rey de Hesbón, y su tierra. Láncense a la conquista. Declárenle la guerra.” — (Deuteronomio 2:24)

La porción de la Torá de esta semana, Devarim, es de Deuteronomio 1:1 – 3:2, y la Haftará es de Isaías 1:1-27.

En los cuentos de hadas, a veces aparecen gigantes imaginarios de tamaño exagerado, pero Moisés enfrentó a dos gigantes de la vida real: Sijón, rey de Hesbón, y Og, rey de Basán. Estos descomunales enemigos fueron los últimos que Moisés derrotó en nombre de los hijos de Israel. Su conquista fue milagrosa e inimaginable.

Las Escrituras, queriendo enfatizar lo grande que eran esos gigantes, describen que la cama de Og había sido construida enteramente de hierro y medía casi cinco metros de largo y dos metros de ancho. De hecho, la Biblia nos dice que su cama se preservó y se puso en exhibición para que la gente pudiera ver que tales gigantes sí existían.

La conquista de aquellos dos gigantes, además del hecho de que los hijos de Israel tuvieron que enfrentarse a ellos justo antes de entrar en la Tierra Prometida, no fue una coincidencia. Los eruditos señalan que Sijón era conocido como “Sijón el amorreo, rey de Hesbón.” En Israel, cuando usted quiere que le den la cuenta en un restaurante, pide el Hesbón. Hesbón es un cálculo; es sacar cuentas. Un Hesbón requiere que se le eche un vistazo a los costos a ver si cuadran las cosas. Un Hesbón requiere lógica y razonamiento. Pero Hesbón era lo que había que conquistar y vencer, para que los hijos de Israel pudieran llegar a su destino.

Los gigantes y la ciudad de Hesbón representan nuestras realidades, esas que a menudo nos intimidan. Puede que tengamos una meta o un destino que nos gustaría alcanzar, pero la lógica, la razón y la realidad se interponen en el camino. Nuestros obstáculos pueden parecer gigantes e insuperables, y a menudo nos desaniman incluso para arrancar. Si sólo escuchamos las voces de la razón y la lógica, no hay forma de que podamos llegar a alcanzar nuestras metas.

Sin embargo, las Escrituras nos dicen aquí que se le debe conquistar a la razón y superar a la lógica. No porque no tengan importancia, sino porque no son lo único que cuenta. Lo que importa, más que nuestra realidad, es la realidad de Dios. Lo grande que es Dios es más importante que el tamaño de nuestros obstáculos.

Del mismo modo que los hijos de Israel tuvieron que hacer frente a aquellos obstáculos que los desalentaban y cambiar la lógica por la fe, así también, a menudo se nos llama a poner la razón de lado por algo que va más allá de nosotros mismos. Se nos pide superar nuestras circunstancias terrenales y caminar con Dios en un plano superior. Sólo una vez que hayamos dado ese salto de fe, seremos capaces de cruzar aquel abismo que parece ser lo que nos impide llegar a nuestro destino. Sólo cuando nos apegamos completamente a Dios, podemos superar todos los obstáculos, sin importar lo gigantescos que parezcan.