Culpando a los demás

Él respondió: “La mujer que me diste por compañera me dio de ese fruto, y yo lo comí”. Entonces Dios el Señor le preguntó a la mujer: “¿Qué es lo que has hecho?” “La serpiente me engañó, y comí”, contestó ella. — Génesis 3:12–13

La porción de la Torá de esta semana, Bereshit, es de Génesis 1:1 – 6:8 y de Isaías 42:5 – 43:10.

Tal vez usted recuerde jugar aquel juego de palmas cuando era niño. Todos se sientan en círculo y aplauden rítmicamente mientras una persona comienza a cantar: “¿Quién se llevó las galletas sin decir? ¿Quién yo?”. Todos en el círculo responden: “Sí, tú”. Luego, la persona contesta: “Yo no fui”, y dice en voz alta el nombre de otra persona en el círculo, por ejemplo Débora. Entonces, todos entonan: “Débora se llevó las galletas sin decir”. De esta manera el juego continúa con cada persona señalando a otro como ¡el ladrón de las galletas!

Es un juego lindo de la niñez, pero apunta a una inclinación fundamental de nuestra naturaleza humana: echarle la culpa a otro cuando algo sale mal. A nadie le gusta admitir que se ha equivocado. Es mucho más fácil echarle la culpa a alguien, a algo, al clima, ¡a cualquier cosa! No es de extrañar que tengamos una tendencia a eludir la responsabilidad de nuestras acciones. Lo hemos hecho desde el principio de los tiempos.

Según la tradición judía, Adán y Eva habían existido menos de un día cuando cometieron su primer error. Se les dijo con toda claridad que se mantuvieran alejados del Árbol del Conocimiento en el Jardín del Edén. Pero como todos sabemos, una serpiente vino y sedujo a Eva para que comiera del fruto prohibido, el cual posteriormente dio a su marido para que comiera también. El daño ya estaba hecho y Dios vino a enfrentarlos.

¿Y qué dijeron? “El hombre respondió: ‘La mujer que me diste por compañera fue quien me dio del árbol, y yo comí’ (…) Y la mujer dijo: ‘La serpiente me engañó, y yo comí’”.

Así, hemos estado culpándonos unos a otros –o a algo– desde entonces.

Este es el asunto: aunque nos parezca que lo mejor es culpar a otros por nuestros errores, la verdad es que sólo nos estamos haciendo daño a nosotros mismos. Si nunca admitimos que estamos equivocados, ¿cómo podemos aprender a hacer las cosas bien? Podemos negar nuestras fallas y continuar con nuestros comportamientos autodestructivos, o podemos reconocerlas, cambiar y ser mejores seres humanos. ¡Sabemos que eso es lo que Dios prefiere!