Lo que dice el silencio

“Moisés le dijo a Aarón: ‘De esto hablaba el Señor cuando dijo: Entre los que se acercan a mí manifestaré mi santidad y ante todo el pueblo manifestaré mi gloria’. Y Aarón guardó silencio”. (Levítico 10:3, NVI)

La porción de la Torá de esta semana, Shemini, es de Levítico 9:1 – 11:47 y la Haftará es de 2 Samuel 6:1-19.

En la vida, a veces nos esforzamos por encontrar las palabras correctas. Sin embargo, en otras ocasiones, el reto es no decir nada. En la porción de la Torá de esta semana, encontramos una de esas ocasiones.

Era el octavo día de la inauguración del Tabernáculo, y aquel día debería haber sido el día más feliz de la vida de Aarón. Le habían ungido como sumo sacerdote y las primeras ofrendas que hizo a Dios fueron consumidas por un fuego divino enviado desde el cielo. Aquel día marcaba el comienzo de una adoración por mandato divino, que conectaba a la humanidad con Dios de una forma que nunca antes se había experimentado, y Aarón se encontraba al frente.

No obstante, en medio de las celebraciones, sucedió la tragedia. Dos hijos de Aarón, que eran unos de los hombres más justos de su generación, se presentaron ante Dios con una ofrenda, y debido a que lo hicieron sin permiso o autoridad, murieron en el acto.

Si alguna vez hubo un momento para expresar indignación, aquel era el momento. Si alguna vez una persona tuvo una razón para quejarse con Dios, aquella era la razón. Sin embargo, la Escritura nos dice que “Aarón guardó silencio”. El silencio de Aarón fue más elocuente que mil palabras.

Los eruditos explican que el silencio de Aarón fue una expresión de conformidad. Aarón podría haber discutido con Dios, podría haberse quejado de su trágica suerte en la que debería haber sido una ocasión de alegría; pero su silencio implicaba que no ponía en duda los caminos de Dios. Aunque tal vez parecían incomprensibles, Aarón aceptó que los caminos de Dios eran justos y buenos, pasara lo que pasara.

¿De dónde sacó Aarón esa capacidad casi sobrehumana de confiar inquebrantablemente en Dios?

Piense en las experiencias de la vida de Aarón. Imagínese a Aarón en su juventud, viviendo como esclavo en Egipto. De niño supo que el faraón había decretado que todos los bebés varones debían ser ahogados en el río Nilo. Luego, su madre quedó embarazada y dio a luz un niño. Aarón debe haberse preguntado cómo Dios podía permitir que un bebé naciera sólo para ser asesinado cruelmente. ¡Todo parecía tan trágico, tan malo!

Sin embargo, Aarón también fue testigo de cómo su madre, con el fin de mantener vivo a su pequeño hijo, lo puso en una cesta flotante en el río. Luego, el bebé fue descubierto por la hija del faraón, que lo llevó a casa y lo crio como su propio hijo en el palacio de su padre. Con el tiempo, aquel niño se convirtió en el salvador de Israel. ¡Lo que parecía una terrible tragedia se convirtió en una gran bendición!

A través de su silencio, Aarón nos enseña una gran lección para nuestras vidas. No siempre vemos el panorama completo ni podemos entender los caminos de Dios; pero Dios siempre es bueno, “el camino de Dios es perfecto” (Salmo 18:30, NVI). Puede que no entendamos los caminos de Dios, pero nuestro silencio expresa nuestra fe en él.