Lágrimas por generaciones

Aquella noche toda la comunidad israelita se puso a gritar y a llorar. —Números 14:1

La porción de la Torá de esta semana, Shelaj, es de Números 13:1 – 15:41 y la Haftará es de Josué 2:1 – 24.

Del famoso emperador francés, Napoleón Bonaparte, se cuenta la historia de su experiencia al viajar por una ciudad judía en Europa. Entró a una sinagoga, donde vio a hombres, mujeres y niños sentados en el suelo, llorando y leyendo textos antiguos. La habitación estaba casi a oscuras y el ambiente era sombrío.

“¿Qué desgracia ha ocurrido?”, quería saber Napoleón. El emperador supuso que algo terrible les acababa de suceder a los judíos. El oficial judío que estaba con él sabía que no era así. “Es el nueve de Av en el calendario hebreo. En este día, todos los años, los judíos de todo el mundo se reúnen para llorar la destrucción del Templo en Jerusalén”, explicó el oficial. “¿Cuándo ocurrió eso?”, preguntó Napoleón. “Hace dos mil años”, respondió el oficial.  Napoleón se sorprendió y dijo: “Cualquier pueblo que aún llora por su tierra y su templo después de dos mil años, sin duda será digno de ver que se le regresen ambas cosas.”

Ciertamente, la tierra de Israel le fue devuelta al pueblo judío. Pero como el Templo aún se encuentra en ruinas, los judíos siguen llorando el nueve de Av. De hecho, en ese día no sólo lamentamos la destrucción de los Templos. El nueve de Av es un día negro en la historia judía, un día en que ocurrieron muchas tragedias, incluyendo la destrucción de los dos Templos en Jerusalén, la expulsión de los judíos de España en 1492 y el inicio de la Primera Guerra Mundial, que llevó a la Segunda Guerra Mundial y al Holocausto. El nueve de Av es un día de tristeza, y tiene sus raíces en la lectura de esta semana.

Los espías causaron que el pueblo llorara, cuando regresaron y entregaron aquel reporte negativo sobre la tierra de Israel. Aunque los israelitas acababan de presenciar el impresionante poder de Dios en Egipto y recientemente se habían comprometido a aceptar su Torá y obedecer sus mandamientos, aquella noche les faltó fe y obediencia. Lloraron porque no quisieron entrar en Israel; lloraron porque tenían miedo; pero a fin de cuentas, no tenían ninguna buena razón para llorar.

Es como si Dios les hubiera respondido: “Lloran sin ningún motivo, por lo tanto, ¡voy a darles una buena razón para llorar!” Esa noche era el noveno de Av, fecha que se ha convertido en noche de lágrimas para todas las generaciones.

Amigos, seamos cuidadosos en cuanto al motivo de nuestro llanto. Si lloriqueamos y nos quejamos sin tener una razón válida, no nos va a ir bien con Dios. Por otro lado, los eruditos enseñan que cuando lloramos por una buena razón, seremos recompensados. Los que lloran por el Templo llegarán a verlo reconstruido. Aquellos que lloran a causa de Dios, verán a Dios hacer grandes cosas por ellos.