La rana que cubrió la tierra

Aarón extendió su brazo sobre las aguas de Egipto, y las ranas llegaron a cubrir todo el país. — Éxodo 8:6

La porción de la Torá de esta semana, Vaierá, es de Éxodo 6:2—9:35 y de Ezequiel 28:25—29:12.

La segunda plaga que sacudió a Egipto fue la plaga de ranas. Todo niño judío que va a una escuela hebrea sabe esta canción: “Un día, el faraón se despertó en su cama, había ranas en su pecho y ranas en su lecho. Ranas en sus rodillas y ranas en sus mejillas. Ranas aquí, ranas allá, ¡ranas saltarinas en todo lugar!”

Pero esto no es exactamente lo que pasó.

Los eruditos señalan que en el texto hebreo original, la Escritura dice: “Entonces Aarón extendió su mano . . . . y la rana se acercó y cubrió la tierra.” ¿Se dio cuenta? Una rana se acercó, y de alguna manera, ¡una sola rana cubrió toda la tierra! ¿Qué quiere decir esto?

Los eruditos explican que la plaga comenzó con tan sólo una rana. Cuando los egipcios la vieron, la empezaron a golpear y trataron de matarla. Pero en vez de morir, la rana empezó a multiplicarse; una rana se convirtió en dos. Los egipcios se enojaron y golpearon a las dos ranas, pero eso sólo provocó que se convirtieran en cuatro. Enfurecidos, las golpearon una y otra vez. Cuatro se volvieron ocho y luego dieciséis, ¡hasta que finalmente había tantas ranas que cubrieron toda la tierra!

¿Por qué los egipcios no dejaron de tratar de matar a las ranas cuando vieron lo que estaba sucediendo?

Respuesta: La ira.

La ira es cegadora; es contraproducente y autodestructiva. Pero eso no impide que la gente se enfurezca y tampoco detuvo a los egipcios de actuar a partir de su ira. Los egipcios se enojaron tanto que no podían ver lo mucho que se estaban lastimando a sí mismos. Tal es el poder de la ira: destruye todo y a todos los que cruzan su camino, incluso al que lo inició.

Maimónides, un renombrado filósofo medieval y rabino, enseñaba que para cada rasgo de carácter hay un camino medio. Eso significa, por ejemplo, que no hay que ser tacaño pero tampoco hay que gastar ilimitadamente; que no hay que ser demasiado dadivoso y tampoco hay que ser demasiado egoísta. Sin embargo hay dos rasgos –la arrogancia y la ira– para los cuales, Maimónides advierte, no hay término medio. Cuando se trata de estos rasgos, lo mejor es poner la mayor distancia posible entre ellos y nosotros.

El Talmud enseña: “Cuando una persona se enfurece, si es sabio, su sabiduría le abandona; si es profeta, su poder de profecía lo deserta; si desde el cielo le fue decretada grandeza, la ira lo hará degradarse.” Nuestra ira nos lastima más a nosotros que a cualquier otro.

Pruebe esto: La próxima vez que se enoje y esté listo para atacar, pregúntese: “¿Qué ganaré con mi ira?” Tal vez se sienta bien durante unos minutos o unas pocas horas, pero a largo plazo, la ira no le conseguirá nada. Luego pregúntese: “¿Qué perderé con mi ira?” La respuesta es: ¡todo!