La fuente de todas las bendiciones

Todo lo contrario:
   he calmado y aquietado mis ansias.
Soy como un niño recién amamantado en el regazo de su madre.
   ¡Mi alma es como un niño recién amamantado! — (Salmo 131:2)

A menudo, los gobernantes de las naciones antiguas se consideraban dioses. Los faraones hacían que sus imágenes se forjaran en forma de ídolos, y a través de la historia, los reyes han hecho alarde de sus grandes poderes. Vida y muerte, riqueza y pobreza, libertad y esclavitud. . . ellos tenían el poder de todo eso en sus manos. No es de extrañar que aquellos hombres se vieran a sí mismos como iguales o poco menos que Dios, y muy por encima de todos los demás seres humanos.

Lo anterior contrasta drásticamente con el rey David, que en el Salmo 131 proclama que de ninguna manera comparte aquel punto de vista. A pesar de que llevó al poderoso ejército de Israel a innumerables victorias, y de que era el rey de una nación grande, David nunca se vio a sí mismo por encima de los demás. En ese sentido escribió: “Señor, mi corazón no es orgulloso. . . no busco grandezas desmedidas.” (v. 1) El rey David sabía cuál era su lugar; él era un siervo de Dios y de su pueblo.

David describe su lugar en el mundo a través de una analogía: se compara a un bebé lactante. De la misma manera que un bebé está indefenso y hambriento sin su madre, así también David era vulnerable y deficiente sin la ayuda de Dios. David nunca pensó que él era Dios; de hecho, él sabía que no era nada sin Dios. Todo lo que tenía y todo lo que había llegado a ser, eran producto de la bondad de Dios.

Este breve salmo termina con el mandato de David de que debemos poner nuestra confianza en el Señor, porque sólo Dios nos puede sustentar. David da a entender que todos somos niños de pecho, que recibimos alimento de una madre amorosa. Es una tontería confiar en otra cosa, cuando nuestro Padre amoroso pone a nuestra disposición todo lo que podemos necesitar.

Los eruditos enseñan que “más de lo que el bebé quiere mamar, la madre quiere amamantarlo.” Cuando un niño quiere lactar, siente hambre. Pero cuando una madre está lista para darle el pecho a su hijo y no puede hacerlo, siente dolor. Una madre no quiere nada más que alimentar a su hijo hambriento. Así también, Dios quiere que seamos felices y estemos satisfechos. Pero sólo podemos recibir el sustento de Dios si permanecemos cerca de él.

Escuche al rey David y recuerde que todos somos hijos de Dios. Él nos alimenta; él nos sostiene. Sólo él es la fuente de todas las bendiciones.