La carpa de Sara

Luego Isaac llevó a Rebeca a la carpa de Sara, su madre, y la tomó por esposa. Isaac amó a Rebeca, y así se consoló de la muerte de su madre. — Génesis 24:67

La porción de la Torá de esta semana, Jaiei Sara, es de Génesis 23:1 — 25:18 y de 1 Reyes 1:1 – 31.

Nada puede reemplazar la pérdida de un ser querido. Pero es común sentir cierto grado de comodidad cuando se encuentra un nuevo amor, ya sea un nuevo cónyuge, un amigo o un bebé. Así que no es de extrañar que la Escritura nos diga que “así se consoló Isaac de la muerte de su madre”, después de casarse con Rebeca. Sin embargo, los eruditos nos dicen que a Isaac no sólo lo consoló el amor de su esposa, sino también algo mucho más allá. Con la entrada de Rebeca a la carpa de Isaac, una parte de Sara también regresó.

La tradición judía enseña que mientras Sara estaba viva habían tres milagros constantes en su casa. El primer milagro era que las velas que Sara encendía la noche del viernes para dar la bienvenida al día de reposo, se mantenían encendidas durante toda la semana hasta que llegaba el momento de encenderlas de nuevo. La segunda maravilla era una bendición en la masa de Sara: el pan que horneaba nunca se ponía rancio o mohoso (¡sin añadirle preservantes!). El tercer milagro en la casa de Sara era que las nubes de la Gloria de Dios siempre descansaban sobre su carpa. Siempre estaba la presencia palpable de Dios.

Cuando Sara dejó este mundo, los milagros se fueron también. Isaac se quedó con un enorme agujero que no era resultado solo de la pérdida de su madre; Isaac había perdido una mentora, una maestra y una líder espiritual. Sin embargo, cuando se casó con Rebeca encontró gran parte de lo que había perdido. Los eruditos enseñan que cuando Rebeca entró en la casa de Sara, los milagros volvieron también.

Ahora bien, las grandes maravillas presentes en los hogares de ambas, Sara y Rebeca, no eran regalos al azar del Todopoderoso. Estos regalos eran simplemente el reflejo externo del espíritu que vivía en el interior de la casa.

La luz perenne de las velas era el resultado de la luz que las matriarcas llevaban a sus hogares con su calidez, comprensión y perspicacia. Sus hogares eran lugares donde los huéspedes se sentían bienvenidos, animados e iluminados. El pan era reflejo del entusiasmo y el vigor que las matriarcas le infundían a su servicio a Dios todos los días. Sus casas eran un lugar de rejuvenecimiento e inspiración. Por último, las nubes de la Gloria de Dios eran símbolo de la presencia constante de Dios en los hogares de estas matriarcas. Ellas hablaban de Él, le oraban a Él y conducían sus hogares de acuerdo a Sus caminos.

Nosotros también podemos hacer que nuestros hogares sean como los de Sara y Rebeca. Podemos hacer que nuestro hogar sea un lugar de amor y luz, un ambiente donde las personas puedan encontrar descanso y ánimo que les renueve. Podemos convertirlo en un espacio que les recuerde a las personas piadosas al Señor. Así también, al igual que la carpa de Sara estaba abierta por los cuatro costados, haciéndola un lugar acogedor para los extranjeros y familiares por igual, también podemos hacer de nuestros hogares un lugar acogedor para Dios y todos los que entren en él.