La bendición sacerdotal

“El Señor te bendiga y te guarde; el Señor te mire con agrado y te extienda su amor; el Señor te muestre su favor y te conceda la paz”. (Números 6:24-26, NVI)

La porción de la Torá de esta semana, Nasó, es de Números 4:21 – 7:89, conjuntamente con la lectura especial de la Torá para Shavuot, Éxodo 19:1 – 20:23 y Deuteronomio 14:22 – 16:17.

La lectura de la Torá de esta semana revela las palabras que conforman la “bendición sacerdotal”, que era una bendición especial que los sacerdotes pronunciaban sobre los hijos de Israel. Incluso hoy en día, los judíos que pueden rastrear su linaje hasta la casa de Aarón, recitan esta bendición en las sinagogas de todo el mundo durante las festividades, y en Israel, todas las semanas en el Shabbat.

Las palabras son las siguientes: “El Señor te bendiga y te guarde; el Señor te mire con agrado y te extienda su amor; el Señor te muestre su favor y te conceda la paz”.

El judaísmo instruye que debemos emular a nuestro Creador. Los eruditos enseñan: “Salude a todas las personas con una expresión agradable en el rostro”. Del mismo modo que le pedimos a Dios que nos muestre su favor y nos mire con agrado, nosotros también tenemos que tener un semblante agradable para todo ser humano con el que nos encontramos. Debemos saludar a todas las personas con interés genuino, una sonrisa y calor humano. Los eruditos enseñan que Dios, a su vez, se volverá a nosotros y hará resplandecer su rostro cada vez más.

Hay una historia real y muy conmovedora que cuenta Yaffa Eliach en su libro Cuentos Jasídicos del Holocausto, que ilustra muy bien este principio. Cerca de la ciudad de Danzig (ahora Gdansk, Polonia), había un reconocido rabino que acostumbraba dar un paseo cada mañana. El rabino tomaba el consejo de los sabios muy en serio y se cuidaba de saludar a cada hombre, mujer y niño que se encontraba, con un agradable “¡buenos días!” Con los años, el rabino entró en contacto con muchos de los habitantes del pueblo. Una de esas personas era un hombre polaco de ascendencia alemana. Cada mañana, el rabino le decía: “¡Buenos días, Herr Mueller!” “¡Buenos días, Herr Rabbiner!”, le respondía el hombre.

Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, las caminatas del rabino se terminaron y el señor Mueller se puso el uniforme de las SS y desapareció de las calles. Un día, el rabino acabó en una de las infames filas del Holocausto, esperando que lo enviaran a la derecha, caso en que viviría, o a la izquierda hacia la muerte. El frágil rabino estaba seguro de que lo enviarían a la izquierda. Sin embargo, cuando levantó la mirada para ver al que tomaba las decisiones, ¡no era otro sino el mismo señor Mueller! “Buenos días, Herr Mueller”, dijo instintivamente el rabino. “Buenos días, Herr Rabbiner”, no pudo evitar responder el señor Mueller. Y contra todo pronóstico, el rabino fue enviado a la derecha, y vivió.

Años más tarde, el rabino, que ahora tenía cerca de ochenta años, comentó: “Este es el poder de saludar con un ‘buenos días’. Un hombre siempre debe saludar a su prójimo”.

Dejemos que nuestros rostros brillen sobre los demás y tratemos a todos con gracia y paz.