La bendición de la fe

“Bendito el hombre que confía en el Señor, y pone su confianza en él.” — Jeremías 17:7

La porción de la Torá de esta semana es una doble lectura, Bejar-Bejukotai, de Levítico 25:1–27:34 y la Haftará es de Jeremías 16:19—17:14.

Un poco de fe da para mucho. Así como una pequeña llama puede iluminar toda una habitación oscura, una pequeña dosis de fe disipa muchas de las dudas y preocupaciones que nos abruman. La fe nos trae esperanza y paz, nos da seguridad y protección.

En las Escrituras, en muchos lugares se nos anima a tener fe en Dios. No obstante, en un lugar en particular se nos da una imagen poderosa de lo que es la vida cuando se vive con fe, y en contraste, cómo es la vida sin ella. Ese lugar es Jeremías, capítulo 17. También es parte de la Haftará que leemos esta semana.

La porción de la Torá de esta semana detalla las bendiciones que vienen cuando obedecemos a Dios, y las maldiciones que se derivan de la desobediencia. Está sumamente claro. La Haftará de esta semana nos ofrece otro punto de claridad: cómo se demuestra la fe y cómo se siente no tenerla.

Jeremías nos proporciona una descripción de dos árboles. El primero es como una zarza en el desierto; vive en suelo reseco y no prospera. El segundo es un verdadero árbol de hoja perenne: “ . . . un árbol plantado junto al agua que extiende sus raíces hacia la corriente . . . . sus hojas están siempre verdes . . . y nunca deja de dar fruto” (Jeremías 17:8). Un árbol plantado junto a una corriente de agua siempre tiene raíces fuertes y no se ve afectado por los vaivenes de las condiciones meteorológicas, ya que tiene una fuente alternativa de alimento. Un árbol con raíces bien nutridas siempre prospera, es fuerte, hermoso y siempre fecundo.

Jeremías compara el árbol que vive en tierra reseca a una persona que pone su fe en el hombre y no en Dios: “¡Maldito el hombre que confía en el hombre . . . y aparta su corazón del Señor!” (Jeremías 17:5). El segundo árbol con raíces fuertes es la persona que pone toda su fe en Dios: “Bendito el hombre que confía en el Señor, y pone su confianza en él.” La fe en Dios trae bendiciones.

Cuando vivimos nuestra vida con fe, vamos a ser capaces de prosperar bajo cualquier circunstancia. La fe es el agua que nutre nuestras raíces y nuestra alma; ella nos permite florecer en cualquier situación. Con fe, nos sentimos muy agradecidos por el bien en nuestra vida y por nuestras bendiciones. También entendemos que incluso los desafíos son bendiciones, porque es a través de ellos que crecemos.

La elección es nuestra: podemos plantarnos a nosotros mismos en un desierto, o bien en los jardines exuberantes de la fe. Al igual que los árboles, es el lugar donde vivimos el que determina cómo vamos a crecer.