Héroes cotidianos

El Señor le dijo a Moisés: “Toma a Josué hijo de Nun, que es un hombre de gran espíritu. Pon tus manos sobre él.” — (Números 27:18)

La porción de la Tora de esta semana, Pinjas, es de Números 25:10 – 30:1, y la Haftará es de 1 Reyes 18:46 – 19:21.

En la lectura de la Torá de esta semana, Moisés nombró a su sucesor: Josué. Damos por sentado que Josué fue el líder que quedó a cargo después de Moisés y condujo a los hijos de Israel a la Tierra Prometida. Pero alguna vez se ha preguntado: ¿por qué Josué?

De hecho, los eruditos explican que Moisés tenía a otras personas en mente, que había pensado que sus propios hijos serían la elección natural, pero Dios le dijo que no. Los eruditos sugieren que Finés habría sido otro digno candidato después de las acciones heroicas de las que leímos antes. Sin embargo, Dios tampoco lo tomó en cuenta. Caleb no habría sido una mala elección, ya que también había mostrado cualidades de liderazgo cuando habló favorablemente de entrar a la Tierra Prometida, en contraste con el informe negativo de los otros diez espías, pero Dios tampoco lo eligió. ¿Qué había hecho Josué? ¿Por qué él?

Los eruditos explican que la grandeza de Josué no se encontraba en un solo acto. No se trataba de ningún gran despliegue de justicia o acto de liderazgo. La grandeza de Josué estaba en su capacidad de hacer lo que hacía constantemente, día tras día. ¿Y qué era lo que hacía? Se aferraba a Moisés y nunca se apartaba de su lado. Josué se dedicó a aprender de Moisés, a acercarse más a Dios y a ayudar a otros a hacer lo mismo, todos los días de su vida.

Josué era fiable y constante, una roca en la que Moisés y Dios podían confiar. Eso fue lo que hizo a Josué digno de dirigir a los hijos de Israel.

¿Recuerda la fábula de Esopo sobre la tortuga y la liebre? La liebre es rápida y ligera, la tortuga lenta y constante; pero todos sabemos quién gana la carrera. No, no es la liebre que tiene un buen comienzo, pero luego se queda dormida en medio de la carrera; es la tortuga que aunque no puede correr a velocidad, se puede confiar en que ella termine la carrera. La lección que todos hemos llegado a entender es que “lo lento y constante a menudo gana la carrera.” La regularidad constante gana.

Josué representa lo “lento y constante.” Nada grandioso, nada extraordinario, pero coherente y persistente. Sus constantes actos de discreta justicia, lo hicieron un héroe a los ojos de Dios.

Tomemos para nosotros esta lección. Los actos humildes de dedicación son los que Dios valora más, incluso más que las manifestaciones dramáticas de valentía y heroísmo. Los maestros, los funcionarios públicos, los padres dedicados… todos ellos son los verdaderos héroes. Nosotros también podemos ser héroes. No tenemos que hacer nada extraordinario; sólo tenemos que ser extraordinariamente dedicados en todo lo que hacemos.