“Estas cosas me agradan”

En verdad, cuando yo saqué de Egipto a sus antepasados, no les dije nada ni les ordené nada acerca de holocaustos y sacrificios. Lo que sí les ordené fue lo siguiente: “Obedézcanme. Así yo seré su Dios, y ustedes serán mi pueblo. Condúzcanse conforme a todo lo que yo les ordene, a fin de que les vaya bien.” — Jeremías 7:22–23

La porción de la Torá de esta semana, Tzav, es de Levítico 6:8–8:36 y la Haftará es de Jeremías 7:21–23.

El Talmud enseña que los sacerdotes en el Templo estaban tan entusiasmados con el servicio a Dios que solían competir entre sí por la oportunidad de remover las cenizas que se habían acumulado durante la noche por el holocausto. Tanto así que hacían carreras por la rampa hacia el altar, para determinar quién realizaría aquel servicio.

Aunque su entusiasmo por servir a Dios era digno de elogio, el Talmud explica que aquella práctica pronto se descontroló. Una vez, en su “entusiasmo,” un sacerdote le dio un empujón a otro sacerdote para sacarlo del camino, haciendo que se rompiera una pierna. Esto sin duda NO fue para nada admirable. El objetivo de servir a Dios es llegar a ser una mejor persona; aquel sacerdote  había perdido el norte.

La Haftará de esta semana puede ser entendida como una cláusula de advertencia, adjunta a la lectura de la semana de la Torá, que contiene las instrucciones para servir a Dios en el Templo. La lectura de la Torá describe todos los sacrificios que se podían presentar a Dios y la cercanía que los seres humanos y Dios podían llegar a tener. Pero en la lectura de la Haftará, descubrimos que todo el sistema se había corrompido. Los sacrificios mismos se habían convertido en el centro de atención, en lugar del servicio a Dios.  En esencia, Dios le dijo al pueblo que no quería sus sacrificios: “¡Junten sus holocaustos con sus sacrificios, y cómanse la carne!” (Jeremías 7:21). Dios no tiene ningún deseo de rituales vacíos.

Entonces, ¿qué quiere Dios? ¡Él nos quiere a nosotros!

Aunque Dios, de hecho, les dio órdenes a los israelitas respecto a los sacrificios, los sacrificios por sí solos no eran lo que realmente deseaba. “Lo que sí les ordené fue lo siguiente: ‘Obedézcanme. Así yo seré su Dios, y ustedes serán mi pueblo. Condúzcanse conforme a todo lo que yo les ordene . . . ’” Como hemos visto anteriormente, el objetivo de los sacrificios era estrechar la relación con Dios. Pero la gente en el tiempo de Jeremías había perdido completamente el norte.

A pesar de que ya no le llevamos sacrificios a Dios en el Templo, podemos aprender de las transgresiones de los demás y evitar las trampas espirituales que han cobrado la vida espiritual de muchos. Nunca debemos perder de vista nuestro objetivo de servir verdaderamente a Dios; no podemos solamente cumplir con las formalidades. Esto significa que cuando oramos, nuestras oraciones tienen que ser sinceras y de corazón; Dios no tiene necesidad de palabrerías. Cuando estudiamos la Biblia, hay que hacer nuestras sus palabras. Igual de importante, cuando llevamos una vida centrada en Dios, tenemos que tener cuidado de no empujar a nadie para hacerle a un lado o pasarles por encima a los demás con el fin de “servir a Dios”. El verdadero servicio a Dios fomenta sus propósitos: “ . . . misericordia, juicio y justicia en la tierra, porque estas cosas me agradan . . . ” (Jeremías 9:24).