Entre el cielo y la tierra

El Señor le habló a Moisés después de la muerte de los dos hijos de Aarón, quienes murieron al acercarse imprudentemente al Señor. — Levítico 16:1

La porción de la Torá de esta semana es una doble lectura, Ajarei Mot-Kedoshim, de Levítico 16:1—20:27 y la Haftará es de Amós 9:7–15.

Hay muchas historias de personas que han llegado “a las puertas de la muerte,” por así decirlo, y aunque cada persona cuenta una historia un poco diferente acerca de su experiencia, hay elementos comunes en casi todas. Uno de estos elementos es ver algún tipo de luz atrayente que da una sensación de paz, placer y bienestar. Muchas personas dicen que se sintieron indecisas entre ir hacia la luz celestial o regresar a sus cuerpos terrenales. Pareciera entonces, que en esencia somos más almas que cuerpos, y las almas quieren estar cerca de Dios.

La lectura de esta semana (porción doble) comienza con una referencia a la muerte de los hijos de Aarón: “El Señor le habló a Moisés después de la muerte de los dos hijos de Aarón, quienes murieron al acercarse imprudentemente al Señor.” Como indica el versículo, la muerte de los hijos de Aarón tuvo que ver con su acercamiento a Dios. Los eruditos explican que los dos hombres llegaron tan cerca del Señor, que simplemente no pudieron permanecer en sus cuerpos. Sus almas se sintieron atraídas por la santidad de Dios y ya no pudieron tolerar sus cuerpos físicos.

La primera parte que leemos esta semana se llama Ajarei Mot, que significa “después de la muerte” y se refiere a los hijos de Aarón. Al ponerle este título a la porción –– uno que recuerda el trágico resultado de acercarse demasiado a Dios –– tal pareciera que los rabinos estaban enunciando una advertencia. La vida se debe vivir aquí en la tierra y hay peligro en tratar de escapar del carácter físico que tiene nuestra vida terrenal. Dios podría haber optado por mantener nuestras almas en el cielo, en un reino completamente espiritual, pero prefirió enviarnos a vivir en la tierra, ya que es aquí donde podemos cumplir nuestra misión.

Por otro lado, una vida puramente física tampoco es ideal. La segunda porción de la Torá que leemos esta semana se llama Kedoshim, que significa “santo.” La lectura comienza: “Habla con toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: ‘Ustedes deben ser santos porque yo, el Señor su Dios, soy santo’” (Levítico 19:2, RVC). A pesar de que Dios nos coloca en un mundo físico, es nuestro deber vivir una vida de santidad. Tenemos la obligación de infundir significado espiritual a nuestra vida física y dedicar nuestras acciones físicas a los santos propósitos de Dios. Un mundo simplemente material nunca ha sido el propósito de Dios. El mundo físico fue destinado a ser el trampolín que nos impulse hacia Dios.

Tomadas en conjunto, estas dos lecturas nos animan a encontrar un equilibrio entre elevarnos hacia el cielo y permanecer conectados a la tierra. Cualquier extremo puede ser peligroso; es el punto medio el que nos permite tener una vida rica en significado, propósito e impacto.