¡Elija la vida!

Hoy pongo al cielo y a la tierra por testigos contra ti, de que te he dado a elegir entre la vida y la muerte, entre la bendición y la maldición. Elige, pues, la vida, para que vivan tú y tus descendientes. –– Deuteronomio 30:19

La lectura de la Torá de esta semana, Nitzavim, es de Deuteronomio 29:9 – 30:20, y la Haftará es de Isaías 61:10 – 63:9.

Según la tradición judía, ni una sola palabra, ni siquiera una letra escrita en la Biblia, es superflua. Cada palabra, letra y frase es sagrada, instructiva y completamente necesaria. Así que uno se sorprende al leer en Deuteronomio: “Elige, pues, la vida, para que vivan tú y tus descendientes.” Suponiendo que una persona está en su sano juicio, ¿por qué él o ella necesitan que le digan que elija la vida? ¿Hay alguien entre nosotros que conscientemente elegiría lo contrario?

La respuesta es sí. Sin embargo, para entender lo que eso significa, primero tenemos que entender lo que significa “elegir la vida.”

Esto me recuerda a una querida amiga que fue diagnosticada con una rara enfermedad y que ya falleció. Durante el período entre su diagnóstico y su muerte, ella compartió conmigo algunos consejos que había recibido de una amiga que también estaba viviendo con una enfermedad terminal. La amiga le recomendó empezar un jardín y pasar tiempo cuidando de él todos los días. “Ayuda muchísimo,” le aseguró la mujer. “¿Por qué sientes que la jardinería es tan edificante y terapéutica?”, le preguntó mi amiga. “¡Porque es vida, y yo quiero estar cerca de la vida!”, le respondió ella.

La vida es crecimiento. Se trata de trabajar duro y sufrir unos cambios, sin embargo, el resultado final es hermoso. Eso es lo que la mujer encontró tan inspirador en su pequeño jardín.

El crecimiento y el cambio, no obstante, no son fáciles. Eso es lo que muchas personas se resisten. Eso es lo que muchos de nosotros no elegimos cada minuto, todos los días. Tenemos que tomar una decisión: podemos trabajar en nosotros mismos, corregir nuestros errores, mejorar nuestras virtudes, adaptarnos, cambiar, desarrollarnos y crecer. Así es como elegimos la vida. O bien, podemos elegir el modo más fácil, el del estancamiento, la comodidad, de permanecer dentro de nuestra zona de confort o de no hacer el trabajo duro necesario para hacer nuestros sueños realidad. Eso es lo que llamamos muerte. No hay movimiento, no hay crecimiento ni ningún cambio.

Lamentablemente, muchas personas llegan al final de su vida y se dan cuenta de que en realidad nunca vivieron. Nunca tomaron riesgos ni se complicaron demasiado; nunca siguieron sus sueños ni pasaron suficiente tiempo con sus seres queridos. Esa es la razón por la que la Escritura tiene que animarnos a elegir la vida. Es mucho más fácil dejar pasar esa elección y simplemente mantener el statu quo. Sin embargo, lo más fácil no es lo mejor. La única vida que vale la pena vivir es la que se vive verdaderamente.