El único Dios verdadero

Cuando todo el pueblo vio esto, se postró y exclamó: “¡El Señor es Dios! ¡El Señor es Dios!” — 1 Reyes 18:39

La porción de la Torá de esta semana, Ki Tisá, es de Éxodo 30:11–34:35 y de 1 de Reyes 18:1–39.

Como para resaltar la insensatez de las acciones de los hijos de Israel en la porción de la Torá de esta semana –cuando hicieron un becerro de oro para que les sirviera como su “dios” — la Haftará de esta semana describe un momento en la historia en que la idolatría fue puesta a prueba. ¡Y vaya que falló!

Tiempo: el siglo 9 antes de la era común.

Lugar: el reino del norte de Israel.

El pueblo de Israel se había reunido en el Monte Carmelo para el enfrentamiento final. En un lado había 450 profetas autoproclamados del dios Baal y respaldados por el rey Acab y la reina Jezabel. En el otro lado se encontraba la figura solitaria de Elías el profeta.

El reto: ofrecer un sacrificio que hiciera descender fuego del cielo y luego fuera devorado por aquel mismo fuego.

El objetivo: demostrar quién representaba al Dios verdadero.

Esto es lo que sucedió. A los 450 profetas les tocó primero. Construyeron un altar, clamaron a Baal y ofrecieron un toro; no pasó nada. Realizaron una danza ritual; no pasó nada. Clamaron más fuerte y danzaron más rápido; no pasó nada. Luego llegó el turno de Elías.

Elías construyó un altar de piedra y cavó una zanja alrededor. Colocó madera en el altar y a un toro sobre ella. A continuación, empapó el toro de la ofrenda, el altar y la zanja con agua. Luego, invocó el nombre del Señor y de inmediato fuego descendió del cielo, devorando la ofrenda, el altar e incluso el agua.

El concurso se había ganado y los hijos de Israel proclamaron: “¡El Señor es Dios! ¡El Señor es Dios!” La nación rápidamente rodeó a los 450 falsos profetas y se los entregaron a Elías, quien los ejecutó. El espectáculo concluyó cuando Elías oró a Dios, poniendo fin a la sequía de tres años con un aguacero milagroso.

Para nosotros, gente moderna, parece ridículo que alguien pensara que un ídolo podía ser más poderoso que Dios. ¡Sin duda nos hemos dado cuenta de que jamás algo material podría ser más grande que el Creador de todas las cosas!

Pero, ¿realmente es así?

La verdad es que a menudo ponemos nuestra confianza en cosas materiales, así como los falsos profetas lo hicieron en los tiempos de Elías. A veces, ponemos nuestra confianza en algo equivocado y en vez de confiar exclusivamente en Dios, confiamos en esos papelitos impresos que llamamos dinero, o bien, en una persona determinada, una casa, un automóvil o en algún novedoso aparato electrónico. Cuando estas cosas no nos proporcionan la seguridad y el bienestar que deseamos, tal vez nos pongamos a bailar más rápido y a hablar más fuerte, pero al final, nuestros “ídolos” no tienen el poder de ayudarnos.

Debemos vivir con la claridad que se experimentó en el Monte Carmelo y recordar: “¡El Señor es Dios!” Sólo él nos puede ayudar y es sólo a él a quien debemos server.