El toque delicado

“Me consume mi amor por ti, Señor Dios Todopoderoso” respondió él. “Los israelitas han rechazado tu pacto, han derribado tus altares, y a tus profetas los han matado a filo de espada. Yo soy el único que ha quedado con vida, ¡y ahora quieren matarme a mí también!” — (1 Reyes 19:10)

La porción de la Tora de esta semana, Pinjas, es de Números 25:10 – 30:1, y la Haftará es de 1 Reyes 18:46 – 19:21.

La tradición enseña que el alma de Elías el profeta se hace presente en la ceremonia de circuncisión de cada niño judío. En cada circuncisión, hay una silla denominada “la silla de Elías” sobre la que se circuncida al bebé, como si el propio Elías estuviera sosteniendo al pequeño.

Los eruditos enseñan que Elías se quejó una vez con Dios acerca de las faltas de los hijos de Israel. En la Haftará de esta semana, dice: “Los israelitas han rechazado tu pacto,” en alusión a la ley de la circuncisión. Pero Dios quería enseñarle a Elías a ver lo bueno en las personas, por lo que se declaró que desde entonces, Elías presenciaría cada circuncisión.

Otra tradición enseña que Elías y Finés, de la lectura de la Torá de esta semana, comparten la misma alma. Ambos eran considerados hombres fervorosos: Finés mató por amor a Dios, y aquí en la Haftará, Elías también lo hizo. La Haftará comienza justo después del enfrentamiento en el monte Carmelo, cuando Dios aceptó el sacrificio de Elías pero rechazó los sacrificios de los falsos profetas, que habían llevado al pueblo por mal camino. Después de que la nación se dio cuenta de que Elías era el verdadero profeta de Dios, Elías les ordenó matarlos, y así lo hicieron.

Sin embargo, ese no es el final de la historia. La malvada reina Jezabel ordenó matar a Elías, y los israelitas de inmediato volvieron a sus antiguas costumbres. Elías, temiendo por su vida, corrió hacia el monte Horeb, donde tuvo un encuentro increíble con Dios. Cuando Dios le preguntó por qué estaba allí, Elías le contó su triste historia. Después de que él había sido tan fervoroso con Dios, el pueblo había regresado a sus caminos pecaminosos y ahora querían matarlo también.

Entonces Dios le respondió.

En primer lugar, hubo un poderoso viento, pero Dios no estaba en el viento. Luego vino un fuerte terremoto, pero Dios no estaba en el terremoto. Lo que siguió fue un gran fuego, pero Dios no estaba allí. Finalmente vino un suave murmullo, y en ese susurro, Elías encontró a Dios.

Esto es lo que Dios le estaba diciendo a Elías, y a nosotros también: el fuego y el azufre, el fervor y la pasión, todo tiene su tiempo y su lugar. A veces es necesario tomar medidas drásticas para llamar la atención de los demás o para castigar por causa de Dios. Pero en última instancia, eso no es lo que lleva a la gente a estrechar su relación con él. La gente encuentra a Dios en el “suave murmullo,” no en el gran fuego.

Dios quería que Elías, y que también todos nosotros, busquemos lo bueno en las personas y contribuyamos, de forma suave, a que se acerquen a él. Aunque el fervor es a veces necesario, no es lo ideal. A fin de cuentas, Dios se encuentra en una voz suave y un toque delicado.