El más justo

“Judá los reconoció y declaró: ‘Su conducta es más justa que la mía, pues yo no la di por esposa a mi hijo Selá’. Y no volvió a acostarse con ella”. (Génesis 38:26, NVI)

La porción de la Torá de esta semana, Vaiéshev, es de Génesis 37:1 – 40:23 y de Amós 2:6 – 3:8.

¿Qué hace a un gran líder? ¿Un cerebro brillante? ¿La capacidad de dar un discurso inspirador o tener excelentes habilidades interpersonales? Tal vez es la capacidad de tomar casi siempre las decisiones correctas. La Biblia nos dice que no es ninguna de estas cosas. El mayor atributo de cualquier líder no es su capacidad de tener éxito, es su disposición de reconocer cuando ha fallado.

En la porción de la Torá de esta semana, leemos acerca de la más inusual de las relaciones entre dos personas que, con el tiempo, se convertirían en los antepasados del rey David. Judá era uno de los hijos de Jacob y uno de los líderes de las tribus de Israel. Tamar era su nuera, por partida doble. Después de la muerte del primer hijo de Judá, su segundo hijo se casó con Tamar. Este hijo también murió y a Judá le quedaba sólo un hijo más. No es de extrañar que Judá dudara en darle a Tamar su último hijo, a pesar de que hacer eso era lo correcto, conforme a la costumbre israelita.

La tradición enseña que de forma profética Tamar supo que era su destino ser la madre de la dinastía de David a través de la familia de Judá, por lo que recurrió a medios drásticos para lograrlo. Tamar se puso un velo y sedujo a Judá, haciéndose pasar por una prostituta. Luego, le pidió a Judá que le dejara su bastón y su anillo de sello hasta que pudiera traerle su pago. Al pasar el tiempo, Judá se enteró de que su nuera había quedado embarazada y ordenó que la quemaran. Cuando se la estaban llevando, Tamar sacó las pertenencias de Judá y dijo: “El dueño de estas prendas fue quien me embarazó” (Génesis 38:25, NVI). Sólo el padre del niño entendió el mensaje, y esa persona era Judá.

Ese fue el momento decisivo. Judá tenía muchas opciones. Podía admitir que eran sus pertenencias y justificar su comportamiento: había sido seducido, estaba confundido. Podía no haber dicho nada en absoluto y su secreto habría sido destruido con Tamar. En cambio, Judá pronunció estas sorprendentes palabras: “Su conducta es más justa que la mía”. Judá admitió su culpa y aceptó toda la responsabilidad de sus acciones.

Ese fue el momento, dicen los eruditos, en que se determinó en el cielo que Judá sería padre de la realeza. El liderazgo del pueblo judío –el más grande honor– se le dio a Judá, que se había deshonrado a sí mismo más que cualquier otra persona.

¡Qué gran lección! No queremos reconocer que estamos equivocados, porque tenemos miedo a quedar mal frente a los demás. Pero Judá nos enseña que es todo lo contrario. El más humilde es el que es digno de respeto.

Sea valiente como Judá. Admita cuando se equivoca. Hacerlo, más que exponer sus debilidades, dará testimonio de su admirable y gran fuerza interior.