El corazón humilde

El Señor le dijo a Moisés que les ordenara a Aarón y a sus hijos: “Esta es la ley respecto al holocausto: El holocausto se dejará arder sobre el altar toda la noche hasta el amanecer, y el fuego del altar se mantendrá encendido.” — Levítico 6:8–9

La porción de la Torá de esta semana, Tzav, es de Levítico 6:8–8:36 y la Haftará es de Jeremías 7:21–23.

La porción de la Torá de Tzav, comienza con el mandamiento de dejar que el holocausto — n hebreo conocido como la olá — se quemara sobre el altar toda la noche. Por la mañana sería polvo y ceniza. Sin embargo, los eruditos enseñan una interpretación alternativa del versículo, una que nos deja con un mensaje profundo para nuestra vida hoy en día, mucho después de que los sacerdotes realizaran sus sagrados servicios en el Templo.

La palabra olá, que se refiere al holocausto, significa literalmente “subir.” Los eruditos derivan de esta definición que olá también puede referirse a una persona arrogante: una persona que es literalmente más encumbrada de lo que debería estar. Con aquel significado, el versículo también se puede leer de esta manera: “La persona arrogante se dejará arder sobre el altar toda la noche hasta el amanecer.

En otras palabras, ¡que la gente arrogante se cuide! Mientras los altivos buscan encumbrarse más y más alto, Dios los abatirá y los reducirá a polvo y ceniza. Ellos tratan de llegar a ser todo, así que Dios los convierte en nada. Sólo puede haber un Amo del Mundo y ¡ninguno de nosotros lo es! A quienes piensan lo contrario les espera un rudo despertar cuando se encuentren en los momentos oscuros de sus vidas; serán dejados en llamas “toda la noche.

En contraste, el patriarca Abraham, que dijo: “Yo, que apenas soy polvo y ceniza” (Génesis 18:27), fue elevado por Dios y elegido para ser el padre de un gran pueblo. Mientras que Dios baja al arrogante y altivo hasta el suelo, él encumbra a los humildes y mansos a grandes alturas. Como leemos en el Salmo 113: “Él levanta del polvo al pobre y saca del muladar al necesitado” (113:7).

Si bien vivimos en una sociedad que nos enseña que debemos elevarnos y hacernos notar con el fin de salir adelante en la vida, la Palabra de Dios nos enseña lo contrario. Específicamente serán aquellos que son tranquilos, humildes, mansos y modestos, los que al final prosperarán. El salmista nos enseña: “Pero los desposeídos heredarán la tierra y disfrutarán de gran bienestar” (Salmo 37:11). Sólo Dios decidirá quién va a disfrutar de la prosperidad y la dará a aquellos que son humildes en sus corazones.

Cada mañana, lo primero que los sacerdotes hacían era vaciar las cenizas del holocausto, que era símbolo de vaciar sus corazones de la arrogancia. Tenemos que empezar cada día haciendo lo mismo. Necesitamos entregar plenamente nuestros corazones a Dios. A medida que nos menguamos a nosotros mismos delante de él, él nos encumbrará delante de los demás. Sólo el corazón humilde es verdaderamente amado por Dios.