Devolver bien por mal

Mi amor me lo pagan con calumnias,
    mientras yo me encomiendo a Dios. — Salmo109:4

En el Salmo 109, el Rey David explica que a pesar de que amaba a sus enemigos, ellos lo odiaban. Durante su vida David tuvo muchos enemigos; pero aun así, en lugar de reciprocar su odio, eligió amarlos.

Nuestra tendencia natural es querer a la gente que nos quiere y ser amables con quienes son amables con nosotros. Por otro lado, es también probable que despreciemos a las personas que nos muestran antipatía y que hiramos a aquellos que nos hacen daño. Es raro encontrar a alguien que pueda devolver bien por mal, como el rey David. ¿Cómo podemos superar nuestra tendencia humana y normal de despreciar a los que nos perjudican?

David responde a esta pregunta en la segunda parte del versículo: “pero yo sigo orando” (RVC). ¿Qué tiene que ver la oración con esto?

Cuando oramos, reconocemos que todo lo que pasa en nuestras vidas viene directamente de Dios: lo bueno, lo malo… todo. También damos gracias a Dios por las cosas buenas de nuestras vidas y tal vez le pidamos que cambie una o dos cosas. En cada palabra que pronunciamos, reconocemos que sólo hay un poder que controla los acontecimientos en nuestras vidas: Dios.

Entonces, ¿qué tiene eso que ver con un amigo desagradecido o un pariente que nos lastima?

Cuando reconocemos que todo lo que nos sucede es ordenado por Dios para nuestro propio bien, ya no les echamos la culpa totalmente a las personas que nos hacen daño. Reconocemos que nuestras experiencias, incluso las más hirientes, son necesarias para nuestro crecimiento espiritual.

¿Declaramos así la inocencia de la persona que nos lastima? No. El hecho de que se nos haya enviado una situación desagradable, ¡no significa que la persona que la propició debía haberse ofrecido para hacernos aquel daño!

Lo que sí favorece esta actitud, es que nos permite distanciarnos de la persona que nos hirió para poder ver más allá de sus acciones, al interior de su alma. Aquella persona es mensajera de Dios entregándonos exactamente lo que necesitamos en un momento determinado. Cualquier cosa que ocurra como resultado de las acciones de un enemigo nuestro, estaba destinado a sucedernos de una u otra manera. Tal claridad nos permite desprendernos de nuestra necesidad de devolver odio por odio o pagar daño con daño. Al contrario, nos permite elegir amar.

Si usted es como todos los demás, es probable que existan personas en su vida que le hayan hecho daño en un momento u otro. Probablemente hay también personas que usted no conoce –incluso en otros países– que dicen y hacen cosas detestables en contra suyo. Pero recuerde: todo pasa como debe pasar y esas personas también son parte del plan de Dios. Deje de odiar y elija amar.

No ponga a sus enemigos en su lugar; más bien póngalos en sus oraciones.