“Devenires Humanos”

Luego los sacerdotes llevaron el arca del pacto del Señor a su lugar en el santuario interior del templo, que es el Lugar Santísimo, y la pusieron bajo las alas de los querubines. — 1 Reyes 8:6

La porción de la Torá de esta semana es una doble porción, Vaiakel–Pekudei, y es de Éxodo 35:11–40:38 y de 1 Reyes 7:13–8:21.

Mientras que la porción de esta semana se ocupa de la finalización del Tabernáculo, la Haftará nos lleva a la época en que finalmente el Templo fue terminado. La inauguración del Templo por el rey Salomón fue una alegre ocasión. Esta lectura describe lo que sucedió en la celebración de la consagración.

Al describir la procesión, el versículo nos dice que “los sacerdotes llevaron el arca del pacto del Señor a su lugar en el santuario interior del templo . . . ” Sin embargo, los eruditos enseñan que no sucedió tan fluidamente como pareciera.

Según la tradición judía, cuando el rey Salomón quiso abrir las puertas del Templo, con el fin de introducir el arca, éstas se quedaron pegadas. Los sacerdotes estaban a punto de colocar el arca en el Lugar Santísimo, ¡pero no pudieron entrar! Salomón se puso a orar. Hizo 24 oraciones diferentes, pero las puertas obstinadamente se negaban a abrirse. Por último, Salomón invocó el nombre del rey David, su padre, e inmediatamente las puertas se elevaron.

Los eruditos hacen dos preguntas: ¿Por qué no se le abrían las puertas a Salomón?, y si estaban pegadas, ¿por qué se elevaron y no se separaron?

Las 24 oraciones de Salomón fueron ofrecidas en mérito de la gente. Había 24 grupos rotativos de sacerdotes que servían en el Templo. También había 24 grupos rotativos de representantes que asistían a los servicios del Templo. El número 24 representa todo tipo de personas. Cada una de las veces que Salomón oró, lo hizo en mérito de un tipo diferente de persona. Pero las puertas no se le abrieron a Salomón, porque nadie es perfecto. El mérito de ninguna persona era lo suficientemente grandioso como para abrir las puertas.

Al fin, Salomón oró en mérito de su padre. ¿Por qué las puertas se abrieron al invocar a David? La Escritura nos habla de por lo menos un pecado que David cometió. ¡Sin lugar a dudas, David no era perfecto!

Los eruditos enseñan que el mérito de David no se basaba en quién era él, sino en quién se estaba “convirtiendo.” Es decir, el rey David siempre estaba mejorándose a sí mismo. No, no estaba exento de defectos, pero constantemente estaba enmendándolos. No importaba lo bajo que hubiera caído, el rey David siempre seguía levantándose. Por eso, cuando las puertas se abrieron, no se separaron; se elevaron.

Tengo un amigo que a menudo comenta que en lugar de “seres humanos,” se nos debería llamar “devenires humanos,” ya que es un término más preciso para lo que somos. Como almas colocadas en cuerpos físicos por un espacio de tiempo finito, no se espera que seamos perfectos durante todo el camino; pero sí se espera que seamos un poco mejor cada día.