Dar de forma anónima

“Cuando llegue el tiempo de la cosecha, no sieguen hasta el último rincón del campo ni recojan todas las espigas que queden de la mies. Déjenlas para los pobres y los extranjeros. Yo soy el Señor su Dios”. (Levítico 23:22, NVI)

La porción de la Torá de esta semana, Emor, es de Levítico 21:1—24:23 y la Haftará es de Ezequiel 44:15–31.

Al hacer algunas investigaciones sobre familiares que perecieron en el Holocausto, un amigo mío encontró una sobreviviente que conoció a su abuela. Emocionado por haber hecho tal conexión, mi amigo le preguntó si podía contarle algo acerca de la abuela que nunca pudo conocer. La sobreviviente le explicó que aunque no había tratado mucho a su abuela, guardaba una imagen muy vívida de ella en su mente: “Mi imagen de su abuela es verla correr por el pueblo justo antes de que comenzara el Shabbat, con barras de pan jalá bajo el brazo. Iba a las casas de los pobres, entreabría las puertas, tiraba una barra de pan y se escabullía”.

A mi amigo le conmovió la bondad de su abuela, sin embargo cuestionó su modo de dar: “¿Por qué les tiraba el pan a los pobres en lugar de dárselos con una sonrisa?” “¡Para no avergonzarlos, por supuesto!”, le explicó la sobreviviente. Como la abuela de mi amigo sabía, hay muchas maneras de dar, pero la mejor manera es hacerlo de forma anónima.

En la porción de la Torá de esta semana, examinamos el mandato de dejar una pequeña parte del campo sin cosechar, para que los pobres y los necesitados pudieran venir y tomar la cosecha restante para sí mismos. Dios podría haber ordenado que se les diera a los pobres el valor de ese remanente de cosecha en comida, pero intencionalmente instruyó que se les dejara parte de los cultivos sin cosechar. ¿No hubiera sido más fácil para los pobres si les llevaran las dádivas a la puerta de sus casas?

Más fácil sí, pero no mejor. Porque como la abuela de mi amigo bien entendía, dar no es sólo ayudar a las personas materialmente; también es ayudarles a mantener su sentido de dignidad.

La mayoría de las personas sufren desgracia en algún momento de su vida, y pedir ayuda a los demás puede hacer que la situación sea aún más difícil. A veces la dignidad es lo único que le queda a la persona, y tener que ir adonde alguien conocido a pedir limosna puede arrebatarle esa autoestima también. Por esa razón, Dios dispuso que se dejara en el campo la cosecha para los pobres, en vez de llevársela directamente. Esto permitía que los pobres vinieran a recoger lo que necesitaban en la oscuridad de la noche, si así lo deseaban. De esta manera, se satisfacían sus necesidades mientras que su dignidad se mantenía intacta.

Hoy en día, este hermoso sistema de dar a los necesitados no es práctico para la mayoría de nosotros, pero el espíritu de hacerlo así es algo que todavía podemos incorporar en nuestra vida. El judaísmo valora dar de forma anónima, o dar a personas a las que nunca conoceremos. Su dádiva será de mucho más valor si usted llena el estómago de la persona sin mermar su amor propio.