Dádivas del corazón

Moisés le dijo a toda la comunidad israelita: “Esto es lo que el Señor les ordena: Tomen de entre sus pertenencias una ofrenda para el Señor. Todo el que se sienta movido a hacerlo, presente al Señor una ofrenda de oro, plata y bronce.” — Éxodo 35:4–5

La porción de la Torá de esta semana es una doble porción, Vaiakel–Pekudei, y es de Éxodo 35:11–40:38 y de 1 Reyes 7:13–8:21.

La mayoría de nosotros hemos sido bendecidos con regalos que nos han dado varias personas en nuestras vidas. Algunos han sido de mucho valor y otros muy sencillos. Algunos los hemos disfrutado realmente, y otros hemos fingido que nos han gustado. Pero los regalos que siempre vamos a recordar son los que se dieron desde una posición de amor profundo, incluso si tan sólo fue una obra de “arte” hecha a mano, de un niño en nuestras vidas. Aquellos regalos no tienen precio.

La lectura de la Torá de esta semana tiene que ver con la construcción del Tabernáculo, en hebreo Mishkán, el hogar temporal de Dios. Los eruditos señalan el hecho de que el Mishkán nunca fue destruido. A diferencia de los dos Templos Sagrados, que fueron construidos como estructuras permanentes, el Mishkán nunca cayó en manos del enemigo. Cuando ya no se necesitaba más (debido a que el Templo se había construido), simplemente se desmontó y se guardó. La tradición judía enseña que fue enterrado muy hondo bajo el Monte del Templo.

¿Cómo puede ser que el hogar permanente de Dios fuera destruido tan fácilmente, mientras que la casa temporal, más vulnerable, pareciera invencible?

Los eruditos le atribuyen la longevidad del Mishkán a las contribuciones que se dieron para su construcción. Más específicamente, explican que no es lo que se dio, pues Dios sólo les pidió algo “de entre sus pertenencias,” nada extravagante. El poder estaba en cómo fueron otorgadas aquellas dádivas. Fueron dadas con un corazón “dispuesto,” fueron contribuciones hechas con amorCuando abrimos nuestras billeteras, primero debemos abrir nuestros corazones. y en consecuencia, las mejores dádivas posibles.

Por el contrario, en la Haftará de esta porción de la Torá, descubrimos que cuando se construyó el primer Templo, muchas contribuciones vinieron de Hiram, rey de Tiro: “Así Hiram terminó todo el trabajo que había emprendido para el rey Salomón en el templo del Señor” (1 Reyes 7:40). Los eruditos explican que las dádivas de Hiram venían más de su propio orgullo que de su amor por Dios. Ya que el Templo no tuvo la misma cantidad de amor en su construcción, era más débil, por así decirlo, que el Mishkán, a pesar de que sus materiales físicos parecían ser mucho más fuertes.

La lección que debemos aprender es que cuando se trata de dar — tanto a las personas en nuestras vidas como a los propósitos de Dios– tenemos que estar conscientes tanto de cómo damos como de lo que damos. Un abrazo dado con amor puede ser mucho más significativo que una tarjeta de regalo comprada con prisa.

Cuando abrimos nuestras billeteras, primero debemos abrir nuestros corazones. De esta manera, nos aseguramos que todo lo que damos tenga un gran alcance y que todo lo que nuestras dádivas hacen posible, sea fuerte y duradero. Así que sea cual sea su regalo para otros hoy, ya sea grande o pequeño, delo con amor y con un corazón dispuesto.