Consejo sabio

“Pero Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario y, poniendo en ellos fuego e incienso, ofrecieron ante el Señor un fuego que no tenían por qué ofrecer, pues él no se lo había mandado”. (Levítico 10:1, NVI)

La porción de la Torá de esta semana, Shemini, es de Levítico 9:1 – 11:47 y la Haftará es de 2 Samuel 6:1-19.

Cuando se trata de consejos, la mayoría de las personas son bastante rápidas para darlos, pero lentas para recibirlos. ¡El mundo sería un mejor lugar si fuese al revés!

En nuestra porción de la Torá de esta semana, leemos acerca de la trágica muerte de Nadab y Abiú. Lo trágico de sus muertes no era sólo que ocurrieron en un día destinado a la celebración o que ellos eran los hijos rectos de Aarón. Lo inquietante de sus muertes es que fueron totalmente innecesarias. Los dos hermanos se equivocaron y provocaron su propia muerte.

Pero, ¿cuál fue exactamente su error?

Nadab y Abiú actuaron por amor a Dios. Se sentían tan inspirados por el servicio sacerdotal que acababan de presenciar, que decidieron traer sus propias ofrendas. Y ese fue el problema: Ellos decidieron traer sus ofrendas. Al respecto, la Escritura dice: “ofrecieron ante el Señor un fuego que no tenían por qué ofrecer”. Los hermanos no tenían la autoridad para hacerlo; no le pidieron permiso a Dios, ni tampoco consultaron con sus mayores, Moisés y Aarón. Actuaron por su propia voluntad, sin tener en cuenta lo que podrían haber dicho sus superiores.

Según los eruditos, Nadab y Abiú ni siquiera se detuvieron a pedirse consejo el uno al otro. En hebreo, el versículo dice literalmente: “Nadab y Abiú tomaron cada uno su incensario…”. Los eruditos explican que cada uno tomó su propia decisión de llevar una ofrenda sin consultar al otro. Si hubiesen tenido una buena charla acerca de sus planes, nunca hubieran cometido su fatal error.

No es necesario que repitamos el mismo error que los hijos de Aarón. En el Talmud, la tradición oral del judaísmo, dice: “Deje que su casa sea un lugar de encuentro para los sabios, aférrese al polvo de sus pies y beba con avidez sus palabras”. En otras palabras, invite la sabiduría de los demás a su vida, aférrese a la orientación de los que saben más que usted y beba sabiduría como el sediento bebe agua, porque el consejo sabio puede ser tan vivificante y vital como la comida y el agua.

En este momento, ¿se encuentra frente a una decisión importante? Recuerde que debe buscar el consejo de otros. Aproveche a las personas mayores que forman parte de su vida, ellas que tienen mucho que compartir de sus ricas experiencias. Busque a maestros sabios y líderes espirituales y tome sus palabras en serio. Por último, no subestime el consejo de un amigo o familiar. A veces, el mejor consejo viene de aquellos que están dispuestos a escucharnos y ayudarnos a llegar a nuestras propias conclusiones. Sea de donde sea que venga un buen consejo, seamos lo suficientemente humildes para escucharlo y lo suficientemente sabios para prestarle atención.