Con la ayuda de Dios

Si el SEÑOR no edifica la casa,
   en vano se esfuerzan los albañiles.
Si el SEÑOR no cuida la ciudad,
en vano hacen guardia los vigilantes.
En vano madrugan ustedes,
   y se acuestan muy tarde,
para comer un pan de fatigas,
   porque Dios concede el sueño a sus amados. — Salmo 127:1-2

Hay una frase hebrea que los judíos de todo el mundo han repetido durante milenios: “b’ezrat Hashem,” “con la ayuda de Dios.” Esto no es algo que la gente dice de vez en cuando, sino que es algo que se dice todos los días, varias veces. Ya sea que vayamos a encontrarnos con algunos amigos para tomar café o que vayamos de camino a una importante reunión de negocios, todo lo que hacemos es b’ezrat Hashem. Desde lo más grande hasta lo más pequeño, todo lo que hacemos requiere la ayuda de Dios.

La tradición judía enseña que el Salmo 127 fue escrito justo después que al rey David se le informara que no sería él el que construiría la Casa de Dios. Construir el Templo en Jerusalén había sido el sueño de David, pero sería un sueño que nunca realizaría. En cambio, al hijo de David, Salomón, se le dio esa tarea: “Será él quien construya una casa en mi honor. . .” (2 Samuel 7:13). David debe haberse sentido muy decepcionado en aquel momento. Sin embargo, aceptó la decisión de Dios con gracia. En este salmo, David comparte con nosotros qué fue lo que le dio claridad y le permitió aceptar la voluntad de Dios y seguir adelante.

David escribe: “Si el SEÑOR no edifica la casa, en vano se esfuerzan los albañiles.” En otras palabras, no importa lo que hagamos o lo mucho que lo intentemos, nunca tendremos éxito en algo que no es la voluntad de Dios. Si Dios no quería que David construyera el Templo, no importaba lo que hiciera David – y por cierto, tenía muchísimos recursos y mano de obra para realizar el trabajo – nunca iba a tener éxito.

David nos da otro ejemplo, cuando dice que a menos que Dios esté cuidando una ciudad, todos los vigilantes son inútiles. Otro de los ejemplos que comparte David, se refiere a un tema delicado para nosotros. No importa qué tan temprano uno se levante por la mañana o lo tarde que se vaya a dormir, ni tampoco cómo se desempeñe durante el día; nada de eso determina cuánto dinero se va a ganar. Dios proveerá a quien él quiera, sin importar cuánto nos esforcemos.

Por supuesto, esto no quiere decir que nuestras acciones y esfuerzos no son necesarios. Nuestro compromiso personal es esencial y es algo que Dios ama. Sin embargo, tenemos que poner nuestros esfuerzos en la perspectiva adecuada. Nuestros esfuerzos llegarán a ser éxitos sólo si Dios quiere que lo sean.

Cuando tenemos éxito, debemos reconocer que es sólo por la ayuda de Dios. Debemos recordar darle las gracias a Dios y disfrutar de nuestros éxitos con humildad. Por otro lado, cuando fallamos, eso también viene de Dios. Debemos aceptar nuestras decepciones como lo hizo David: con humildad, aceptación y gracia, sabiendo que la voluntad de Dios reinará de forma suprema y que todo lo que él hace es para bien.