Como un padre

Tan compasivo es el Señor con los que le temen
como lo es un padre con sus hijos.
 Él conoce nuestra condición;
sabe que somos de barro. —
Salmo 103:13–14

En el Salmo 103, el Rey David escribe: “Tan compasivo es el Señor con los que le temen como lo es un padre con sus hijos.” Los eruditos preguntan: ¿Como cuál padre?, y explican que este versículo no habla de cualquier padre que tiene compasión por sus hijos, sino que habla del patriarca Abraham. Él, más que ningún otro en la Biblia, demostró infinito amor y compasión por toda la humanidad.

La muestra más elocuente del amor especial de Abraham para con la gente fue su oración en nombre de los habitantes de Sodoma. Una cosa es tener compasión por la gente buena que de vez en cuando tiene un desliz, otra es sentir empatía por personas que son propensas al mal. Los habitantes de Sodoma eran crueles, inmorales e impíos. Sin embargo, Abraham hizo todo lo posible por salvarlos cuando Dios le avisó de su inminente destrucción.

Abraham trató de negociar con Dios y encontrar suficientes personas buenas en Sodoma para que todos fueran dignos de salvación. Él se centró en lo bueno de las personas y no en su abrumadora maldad. Al final, Abraham no logró salvar al pueblo de Sodoma de su condenación; sin embargo, tuvo éxito al enseñarnos una importante lección de vida.

De Abraham aprendemos que tenemos que tratar de ver lo bueno en cada persona. No importa cuánto se adentre un individuo en el mal camino, debemos tratar de encontrar algo bueno en él. Debemos buscar circunstancias atenuantes y juzgar a esa persona favorablemente. Si somos capaces de ver a los demás de una manera positiva, entonces ellos también aprenderán a ver lo bueno en sí mismos, y es posible que cuando se perciban como buenos, comiencen a vivir de esa manera.

El filósofo Platón lo dijo así: “Sé amable, pues cada persona que conoces está librando una batalla difícil.” Casi siempre, cuando nos encontramos con la gente, sólo vemos la superficie y no estamos al tanto de toda la historia que se esconde debajo de esa superficie. No conocemos qué tipo de infancia tuvo una persona en particular o las batallas que puede estar enfrentando actualmente. Lo que no conocemos de una persona es mucho más de lo que sí podamos conocer.

Sólo Dios ve debajo de la superficie. Como escribió el rey David: “Él conoce nuestra condición . . .” (103:14). Cuando Dios mira a sus hijos, ve todo el panorama, los juzga favorablemente y tiene una profunda compasión por ellos. Debemos aprender a vernos unos a otros a través de los ojos de Dios: con empatía, comprensión y amor. Con ese tipo de perspectiva, podemos hacer más bien que mal. En lugar de hundir a las personas, podemos ayudarlas a levantarse.