Celebrar el fracaso

Cuando Moisés se acercó al campamento y vio el becerro y las danzas, ardió en ira y arrojó de sus manos las tablas de la ley, haciéndolas pedazos al pie del monte. — Éxodo 32:19

La porción de la Torá de esta semana, Nasó, es de Números 4:21–7:89, conjuntamente con la lectura especial de la Torá para Shavuot, Éxodo 19:1 – 20:23 y Deuteronomio 14:22 – 16:17.

Shavuot, también conocido como el Festival de las Semanas, celebra la entrega de los Diez Mandamientos a los hijos de Israel, y a través de ellos, a todo el mundo. Fue en aquel día, el sexto día del mes hebreo de Siván, hace más de tres mil años, que Moisés bajó del monte Sinaí con las tablas en la mano. Los judíos celebramos ese día con comidas festivas, servicios especiales de oración y como en los días del Templo, llevando ofrendas a Dios.

Sin embargo, si se piensa bien, es un poco extraño celebrar ese día en particular. ¿Recuerda el resto de la historia?, ¿lo que sucedió cuando Moisés bajó de la montaña? O más bien, ¿lo que pasó mientras estaba allá arriba?

Sí, el pecado del becerro de oro. Mientras Moisés estaba en la cumbre del monte Sinaí, los hijos de Israel lo esperaban abajo. Según sus cálculos, se le había hecho tarde, por lo que decidieron “sustituirlo” mediante la creación de un ídolo: un becerro de oro. Así que cuando Moisés dejó las sublimes alturas de los cielos, ¡lo que encontró abajo fue una nación idólatra! Todos sabemos lo que sucedió después; Moisés arrojó las dos tablas y se rompieron en pedazos.

Así que, ¿por qué celebramos aquel trágico día? No fue hasta Iom Kipur, cuatro meses después, que Dios entregó las nuevas tablas, y esas fueron las que perduraron. Sin duda, ¡tendría más sentido celebrar esa ocasión!

Los eruditos explican que celebramos el día en que Dios entregó las tablas originales –– aunque también sea el día en que fallamos y no pudimos recibirlas –– porque el fracaso es parte del éxito.

Puede que no hayamos recibido los mandamientos aquel día, pero ese día nos acercamos, un paso más, al día en que los recibiríamos. Cuando los niños están aprendiendo a caminar, celebramos sus primeros pasos, aunque sabemos que todavía les quedan muchas caídas. No esperamos el día en que el niño camine perfectamente, sino que celebramos el primer paso, al que inevitablemente le sigue la primera caída.

¿Sabe lo que le pasó a la primera serie de tablas? Sus piezas rotas se mantuvieron dentro del Arca Santa, el cual siguió a los hijos de Israel dondequiera que iban. ¿Por qué? Porque, al igual que nuestros logros, nuestros fracasos son una parte muy importante de lo que somos. Nuestros fracasos contribuyen al éxito de la misma manera que lo hacen nuestros logros.

Así que la próxima vez que falle en algo (inevitablemente todos fallamos), luche contra el impulso de compadecerse y en su lugar, ¡celebre! Las piezas rotas de nuestra vida son las que en última instancia nos hacen un todo. Como el autor C.S. Lewis dijo: “Los fracasos son postes de guía en el camino al éxito.” Cada vez que fracasamos, estamos más cerca del éxito, y esa es una razón para celebrar.