Bendiciones ocultas

“‘De tal manera asolaré al país, que sus enemigos que vengan a ocuparlo quedarán atónitos.’” — Levítico 26:32

La porción de la Torá de esta semana es una doble lectura, Bejar-Bejukotai, de Levítico 25:1–27:34 y la Haftará es de Jeremías 16:19—17:14.

El 24 de mayo de 1626, Peter Minuit compró una pequeña isla en la costa de Estados Unidos. Los nativos locales se la vendieron por una cantidad de tela, cuentas y otros bienes que valían 60 florines. Hoy en día, se estima que 60 florines podrían equivaler a tan sólo $24 o bien hasta $1,000. Pero de cualquier manera, es un precio muy pequeño por la isla que ahora se conoce como Manhattan, el centro de Nueva York. Si aquellos nativos hubiesen sabido lo que Manhattan llegaría a ser, seguramente nunca la hubiesen vendido.

La lectura de la Torá de esta semana trata las desagradables consecuencias que afrontarían los hijos de Israel si no seguían la Palabra de Dios. Entre los castigos que los israelitas tendrían que soportar estarían el exilio de su tierra y la destrucción completa de su patria. Dios les dijo: “asolaré al país.” Dios iba a devastar su propia tierra como parte del castigo.

Leer la lista de sanciones no es fácil, especialmente porque la historia demuestra que estas predicciones se hicieron realidad. Es difícil sentir el amor de Dios cuando se lee acerca de esas duras consecuencias. Pero cuando hacemos un análisis más detallado, vemos brillar su amor eterno. Aun cuando Dios nos castiga, nos está amando. Todo lo que él permite que suceda en nuestras vidas ––incluso las cosas difíciles–– al final, se vuelven una bendición.

Aunque Dios prometió destruir por completo la tierra de Israel y mantener el país desolado mientras estuvieran en el exilio, esta maldición fue, en última instancia, una de las más grandes bendiciones que el pueblo de Israel haya recibido. Al leer el versículo, nos damos cuenta por qué: “ . . . sus enemigos que vengan a ocuparlo quedarán atónitos.

Por más de 2,000 años, Israel no fue una tierra deseable. Ningún imperio en el mundo fue capaz de hacerla florecer o hacerla rentable. Aunque muchos trataron, Israel no dio su fruto, ¡y gracias a Dios por eso! Porque si Israel hubiese sido el floreciente jardín que es hoy en día, no hay manera de que el pueblo judío hubiese sido capaz de volver a ella, como hasta ahora ha vuelto. A partir de principios del siglo XIX, los judíos comenzaron a comprar terrenos en la Tierra Santa que no costaban mucho en aquel tiempo, pero que eran de valor incalculable para los judíos que los adquirieron.

La lección para nosotros es que Dios siempre está de nuestro lado. Incluso cuando parece que las circunstancias de nuestra vida son menos que deseables, siempre hay una bendición oculta. Como el salmista lo expresó: “Tu vara y tu cayado me infundirán aliento” (Salmos 23:4, RVR1995). Gracias Dios, porque todo lo que haces es, en última instancia, para nuestro bien.