Antes y ahora

“Y  lo sacrificarás, poniendo un poco de su sangre en el lóbulo de la oreja derecha de Aarón y de sus hijos, lo mismo que en el pulgar derecho y en el dedo gordo derecho. Después de eso rociarás el altar y sus cuatro costados con la sangre. — Éxodo 29:20

La porción de la Torá de esta semana, Tetzavé, es de Éxodo 27:20 – 30:10 y de Ezequiel 43:10-27.

Después de leer de las vestiduras y el servicio de los cohanim, o sacerdotes, ahora leemos de su investidura. Durante la ceremonia, a Aarón y a sus hijos se les mandó a sacrificar un carnero y a poner la sangre en sus orejas, pulgares y dedos gordos del pie. Los eruditos preguntan: ¿Cuál es el significado de este extraño ritual?

Ellos explican que el oído simboliza todo lo que hemos escuchado en el pasado. El pulgar representa todo lo que estamos haciendo en el presente. El dedo gordo del pie representa hacia dónde iremos en el futuro. Al prepararse para servir, los sacerdotes tenían que recordar tres cosas: el pasado, el presente y el futuro. Sólo en ese contexto serían capaces de servir plenamente a Dios.

En aquel entonces, tal era el caso para los cohanim; y hoy en día, lo mismo es cierto para nosotros al servir a Dios. Con el fin de servir a Dios plenamente, debemos estar profundamente conectados con nuestro pasado, conscientes del futuro, y más importante, arraigados en el presente. Sólo al verlo desde esa perspectiva, puede ser completo nuestro servicio.

Recordar nuestro pasado es importante porque da contexto a nuestras acciones presentes. Entendemos que somos un eslabón de una larga cadena que se remonta hasta Abraham. Podemos aprender de los errores de nuestros antepasados y ser inspirados por sus éxitos; y podemos apreciar el privilegio que tenemos de continuar su legado. ¡Cuánto más significativo es nuestro servicio cuando no se trata sólo de nosotros, sino que incluye generaciones anteriores!

Tomar en cuenta el futuro también es fundamental. ¡Qué haríamos de manera diferente si consideráramos las consecuencias de nuestras acciones! Por un lado, procuraríamos evitar mucho más el pecado, al reflexionar sobre el daño que ese pecado causaría más adelante, tanto a los demás como a nosotros mismos. Por otro lado, estaríamos más motivados a hacer buenas obras, al apreciar el valor que tendrán mucho después de que se hayan realizado. Al momento de servir a Dios, hay que tener una visión a largo plazo. El impacto total de nuestras acciones no se siente de inmediato, ¡sino que tiene repercusiones duraderas para la eternidad!

Por último, cuando servimos a Dios, debemos estar plenamente arraigados en el presente. Los eruditos enseñan que el momento más importante es ahora. Las personas más importantes son las que tiene frente a usted y lo más importante que debe hacer es la tarea que tiene por delante. Creemos en un Dios a quien le interesa cada detalle de nuestras vidas. Así que, todo lo que él ha puesto ahora en nuestras vidas está ahí para que le podamos servir mejor.

Tome un momento para considerar de dónde ha venido, adónde va y en dónde se encuentra en este momento. Con esa perspectiva, pregúntese a sí mismo: ¿Cómo puedo servir mejor a Dios hoy?