¡Aleluya!

“Sacó a su pueblo, a sus escogidos,
    en medio de gran alegría y de gritos jubilosos.
 Les entregó las tierras que poseían las naciones;
    heredaron el fruto del trabajo de otros pueblos
 para que ellos observaran sus preceptos
    y pusieran en práctica sus leyes.
¡Aleluya! ¡Alabado sea el Señor! (Salmo 105:43-45, NVI)

Aleluya es una palabra increíble. Se extiende por los continentes, culturas y lenguas. Aleluya expresa bellamente nuestra alabanza al Señor. Sin embargo, el único lugar donde aparece en la Biblia hebrea es en el libro de los Salmos. Aun así, no se introdujo hasta el último tercio del libro. Aparece por primera vez en la última línea del Salmo 104, o según algunos, la primera línea del Salmo 105. En el Salmo 105, el cual concluye con “¡Aleluya!”,  podemos entender todo su significado.

¿Qué significa realmente aleluya?

La palabra “aleluya” se compone de dos palabras hebreas: Hallelu, que significa “alabanza” y Yah, que es uno de los nombres bíblicos de Dios. Hay muchos nombres de Dios y cada uno tiene un significado especial. ¿Qué quiere transmitir el nombre “Yah”?

La primera vez que apareció Yah fue después de que los hijos de Israel fueron atacados y derrotados por la nación de Amalec. Amalec es el paradigma bíblico del mal y representa todo el mal en el mundo. Al final de la batalla, Dios dice: “¡La bandera de Yahvé en mano!; Yahvé está en guerra con Amalec de generación en generación”. (Éxodo 17:16, BJ). El nombre hebreo utilizado aquí es Yah.

El nombre Yah representa a Dios en un mundo imperfecto: un mundo donde el mal, representado por Amalec, todavía abunda. Es el mundo en el que nos encontramos en la actualidad. Cuando decimos “aleluya”, estamos alabando al Dios del mundo imperfecto. Pero, ¿cómo podemos alabar a Dios cuando vemos el mal? El Salmo 105 tiene la respuesta.

El Salmo 105 trae a la memoria los acontecimientos del pasado. Se centra en la esclavitud de los israelitas en Egipto y el gran éxodo que transcurrió después. Este salmo nos recuerda las maravillas hechas en Egipto y los milagros hechos en el desierto: el agua brotaba de las rocas y el pan venía del cielo. Todo esto culminó con la entrega de la Torá y la llegada a la tierra de Israel.

El Salmo 105 revela un modelo. Cosas malas ocurrieron, pero en última instancia condujeron a cosas buenas. Aunque no sea evidente, el mal tiene un propósito y tener fe significa reconocer que el plan de Dios es divino. En este salmo, el rey David es capaz de mirar la maldad y entender que todo es para bien. Esa es la razón por la que puede decir: “¡Aleluya!”. David alaba al Señor, él que permite que exista el mal, porque entiende que aquello conduce a un mundo más perfecto.

La palabra “aleluya” nos recuerda que debemos ver todo el panorama. Nos recuerda que el mal es temporal, pero la bondad es para siempre. Recordemos que aun cuando el mal sigue existiendo en este mundo, también tiene un propósito en el mundo de Dios. Bendigamos a Dios que trae perfección de la imperfección. ¡Aleluya!