Ahora versus después

“Me estoy muriendo de hambre”, contestó Esaú, “así que ¿de qué me sirven los derechos de primogénito?” — Génesis 25:32

La porción de la Torá de esta semana, Toldot,  es de Génesis 25:19 — 28:9 y de Malaquías 1:1–2:7.

¿Cómo se le ocurre a Esaú decir eso? ¿Por qué querría cambiar su primogenitura por un plato de sopa?

Vamos a volver hasta donde comienza la escena. Esaú acababa de regresar de un día agotador. Estaba  muy hambriento. Vio a su hermano Jacob haciendo un poco de sopa de lentejas rojas y desesperadamente quiso comer un poco.

Esaú: “Por favor, dame de comer de ese guiso rojo, que estoy muy cansado”. (Génesis 25:30, RVC)

Jacob: “Pues véndeme hoy tu primogenitura”. (Génesis 25:31, RVC)

Esaú: “¿Y para qué me sirve la primogenitura, si estoy a punto de morir?”.

Así,  se cerró el trató.

Ahora bien, ¿estaba Jacob portándose de manera injusta? ¿Se estaba aprovechando de un moribundo? Los eruditos judíos explican que cuando Esaú dijo que estaba a punto de morir, no se estaba muriendo realmente, estaba explicando su filosofía de vida. Detrás de esta declaración estaba la perspectiva de Esaú: “La vida es corta, así que come, bebe y sé feliz. ¿De qué me sirve ahora la promesa de una recompensa futura? Ahora tengo hambre. Ahora quiero sopa. Mi progenitura no me es de ninguna utilidad en este momento”. Por eso la Escritura dice: “Así fue como Esaú menospreció la primogenitura” (Génesis 25:34, RVC).

Este pasaje es de mucho valor. Nos muestra las horribles consecuencias de la gratificación inmediata. El encanto del aquí y ahora es cegador. Como observadores, podemos ver la locura de la decisión de Esaú. Él sacrificó todo su futuro por unos momentos de placer. Pero, por otro lado, lo hacemos nosotros también, todo el tiempo.

¿Quién no ha estado en la siguiente situación? Justo después  de haber tomado la decisión de hacer dieta, de repente, es acosado por un pedazo de pastel de chocolate (o de vainilla, si no es entusiasta del chocolate). ¿Qué hace? Puede comerse el pastel, disfrutar de él durante diez minutos como máximo y luego pagar por ello mañana cuando vaya a pesarse. O bien, puede negarse el pastel, sentirse privado por unos momentos y cosechar los beneficios cuando los kilos se desvanezcan. Todos sabemos lo que debemos hacer. Pero mi hipótesis es que muchos de nosotros nos comeríamos el pastel de todos modos. Muy a menudo sacrificamos el futuro por la complacencia del momento.

La lucha que enfrentamos con la comida es la misma con la que nos topamos en la vida. Nos enfrentamos constantemente con decisiones que se reducen a lo que sienta bien en el momento o lo que es mejor para nosotros a largo plazo. Tenemos que elegir entre lo que sienta bien para nuestro cuerpo temporal y lo que es realmente nutritivo para nuestro espíritu eterno. La lectura de la Torá de esta semana nos recuerda que, si bien es difícil adaptarse a la visión de largo plazo de la vida, no tiene ningún sentido vivir de otra manera. El aquí y ahora no es nada comparado con la eternidad.