Rodeados de gracia

Los que confían en el Señor
   son como el monte Sion,
que jamás será conmovido,
   que permanecerá para siempre.
Como rodean las colinas a Jerusalén,
   así rodea el Señor a su pueblo,
   desde ahora y para siempre. — Salmo 125:1-2

Como seres humanos, comenzamos el viaje de nuestra vida en la seguridad del vientre de nuestra madre. Allí, se nos sustenta y protege del mundo exterior. Es en ese ambiente seguro, en el que un vulnerable y diminuto feto puede crecer hasta llegar a ser un bebé capaz de vivir por su cuenta. Una vez que nacemos, dejamos el refugio del vientre de nuestra madre, pero podemos entrar en uno nuevo. Podemos habitar, si así lo decidimos, en el refugio de nuestro Dios amoroso. Al igual que los pilares de nubes que rodearon a los hijos de Israel en el desierto, la protección y el amor de Dios están disponibles para nosotros en todo momento.

Si nos fijamos en el mapa del Medio Oriente, la realidad es intimidante. El pequeño país de Israel está rodeado de enemigos hostiles por todos lados, a excepción del lado que limita con el mar. El mundo árabe es ochocientas veces más grande que Israel. De hecho, Israel se ve superada en hombres y armamento. Esa es su realidad física.

No obstante, existe otra realidad que rodea a Israel y, en particular, a su capital Jerusalén. Observe un mapa topográfico de Jerusalén y las áreas a su alrededor; notará que Jerusalén está completamente rodeada por montañas. Al igual que los pétalos de una rosa, Jerusalén está rodeada de belleza, gracia y protección.

En el Salmo 125, descubrimos que esa estructura física es un paradigma para nuestra realidad espiritual. El salmista escribe: “Como rodean las colinas a Jerusalén, así rodea el Señor a su pueblo, desde ahora y para siempre.” Las montañas alrededor de Jerusalén simbolizan la protección de Dios que está a nuestro alrededor. Al igual que las montañas proporcionan una barrera física entre Jerusalén y las fuerzas invasoras, así también, Dios sirve como una barrera entre el justo y sus enemigos. Dios es mayor que la Cúpula de Hierro diseñada para proteger a Israel de misiles. Él es el escudo de Israel, ahora y siempre.

Pero, ¿quién es digno de tal protección? El versículo anterior nos dice: “Los que confían en el SEÑOR son como el monte Sion, que jamás será conmovido, que permanecerá para siempre.” Dios protegerá a los que tienen fe y ellos perdurarán.

Amigos, siempre hay dos maneras de ver nuestra realidad: podemos ver los retos que nos rodean o la gracia que nos envuelve. Sí, existen las dificultades y el mal en nuestro mundo, pero también existe la protección de Dios. Dios es nuestro refugio, un resguardo, un útero. Cuando tenemos fe en la protección de Dios, todo lo que nos rodea se vuelve irrelevante.

Como dice el refrán: “No le diga a Dios cuán grande es su tormenta; dígale a su tormenta cuán grande es su Dios”. Porque cuando nos enfocamos en la gracia que nos rodea, eso y sólo eso, es lo que vamos a experimentar y ver.